jueves, 8 de octubre de 2015

Capítulo Seis

Su mente circulaba de un recuerdo a otro, la incesante cantidad de momentos en común con Alice no paraba de bombardear su cabeza, buenos o malos, ambos minaban su moral y rendían más su mente a las afiladas agujas de aquel reloj.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Ya no sentía ni manos ni pies, las ataduras se habían encargado de ello, a medida que intentaba escapar, habían ido tensándolas cada vez más, si ésto seguía así acabaría perdiendo dichos miembros.
Al menos era así como La Agencia actuaba, si te mantenían vivo era porque aún tenían planes para ti y definitivamente eso era lo que más le asustaba en ése momento, tampoco hacían nada sin un motivo de peso ni un estudio previo y exhaustivo, razón por la que siempre se salen con la suya. Antes de contratar a alguien, buscaban su punto débil y la manera de exprimirlo para garantizar un rendimiento óptimo, ese pequeño detalle que Bruce había descubierto tarde, demasiado tarde.

Era demasiado tarde para él.
Era demasiado tarde para Levon.
Era demasiado tarde para Alice.
Era demasiado tarde para Rick.
Y definitivamente era demasiado tarde para Paul.

Ésto martilleaba su conciencia una y otra vez:
Se había condenado a sí mismo.
Había salvado a Levon sólo para que cayera de nuevo en las garras de alguien mayor que él, que pueda maltratarlo y manipularlo a su voluntad.
No había logrado salvar, o más bien proteger a su ser más querido, Alice.
Sus acciones habrán perjudicado gravemente a Rick, ya que por suerte o por desgracia, él fue quien le adiestró.
Y desde luego no había contribuido precisamente en la supervivencia de Paul, su muerte era tan culpa suya como la de Biana, posiblemente incluso más, pero en este caso era Alice quien lo culpaba de todo ¿porque no podía comprender sus razonamientos?
No podía creer que ésto la hubiera afectado tanto como para traicionarle ¿odiarle? Desde luego, pero ¿esto? ¿A esto se había reducido su relación?

La Agencia bien le había enseñado que no se dejara guiar por los impulsos, que temiera la lágrima, así como debía recordarse al terminar cada trabajo, la alerta permanente, que quedaba nublada por los sentimientos, pero pensándolo bien, eso ya daba igual, por ello, abrazó la lágrima, se entregó a ella y se dejó arropar por aquella sensación de liberación que no sentía desde hacía trece años atrás, el día que murió Biana, el día que mató a su padre y el día que conoció a Rick, La Sombra, él se mostró comprensivo en aquella temporada, era el único en La Agencia que le podía ver como una persona y no un autómata, un aprendiz y no un súbdito, un amigo y no un asesino. Él era su Hank Pym personal.
Todo esto hizo que su tristeza se tornará en ira, esta en impotencia y por último en una extraña sensación de templanza, la necesitaría para salir de allí.
Entonces se pudo apreciar un chasquido y la puerta se abrió lentamente, para dejar pasar a un hombre joven, uniformado cual gran hombre de negocios, aunque no fuera así, con una mirada penetrante (siempre usaba esas lentillas que hacían parecer sus ojos, unas candentes bolas de fuego) y una cabeza que resplandecía con la luz de la desnuda bombilla que colgaba sobre la cabeza de su prisionero.
-Pensé que no ibas a dejar de lloriquear en todo el día, te has vuelto una auténtica deshonra para nuestro amado país ¿Dónde ha quedado el asesino meticuloso que mataba a sangre fría sin cuestionar si era lícito?
-Espectro murió hace años.
-Que lástima, Espectro garantizaba la supervivencia de Bruce.
-¡Ya no le necesito!
-Sabes que si no fuera por tus chapuceros trabajos no estarías aquí, atado en una silla, ridículo. ¿Desde cuándo nos involucramos hasta el punto de adoptar un maldito crío?
-Desde el momento en el que empezamos a tener escrúpulos y trabajamos para realmente salvar a la gente.
-Tampoco nos viene tan mal ésa decisión tuya, servirá para suplir tu más que dolorosa pérdida, lo iniciaremos a él una vez hayas desaparecido.
Bruce apretó los puños en la medida en la que sus agarrotadas manos pudieron.
-Sabes que sin éstas cuerdas, te mataría con mis propias manos, Dragón.
-Llevo más años que tú en éste trabajo, Espectro, no serías capaz ni de acercarte.
-¡Ya no soy Espectro, maldito cabrón, ¿o es que no te enteras?!
-Pues el que ya no es Espectro hizo un trabajo bastante exitoso con el pederasta de Broad Street-Afirmó mientras le dejaba un periódico en el regazo.
"Detenido Nick Hogan por el brutal asesinato de Vincent Batteux el pasado lunes, al parecer se encontró ADN del empresario en la escena del crimen." Fue lo que le dio tiempo a leer antes de que su captor le arrebatara de nuevo el periódico.
-Me gustaría informarte de que Nick fue quien realmente raptó a tu querido compañero de piso para luego venderlo al mejor postor, en éste caso el difunto Vincent.
-Y sospecho que se colgará en su celda ¿no?
-Veo que aún lo recuerdas bien.
-Cosa que lamento enormemente.
-Dime que nunca has disfrutado haciendo justicia-Agregó con una sonrisa maliciosa.
Ante ésto Bruce bajó la cabeza para coger aire y exclamar, con los ojos húmedos:
-¡Eso no es justicia!
-Lo es cuando somos los únicos capaces de impartirla, sólo estamos purgando los Estados Unidos de América-Dijo con una mano en el pecho.
-¿También estáis impartiendola conmigo?
-Desde luego, eres el causante de decenas si no de centenares de muertes, estamos sacando de circulación a un asesino en serie, realmente somos unos buenos samaritanos ¿no crees?
-Me estás dando motivos para escaparme, aunque sólo sea para partirte esa cara de gilipollas.
-Entonces lo mejor será dejarte otra vez sólo, con tu amigo el reloj, ya sabes Tic Tac Tic Tac..
-Te juro que cuando me escape acabaré contigo.
-Ya se verá, Bruce, ya se verá- Se jactó mientras cerraba de nuevo la puerta a sus espaldas.
Otra vez en la habitación desierta, donde había torturado a tantos criminales y ahora iba a ser él, el juzgado y torturado.
Tenía que salir de allí y salvar a Levon, tenía que escapar para matar a ese maldito calvo y debía hacerlo antes de volverse loco.
Se escuchó una carcajada socarrona a su espalda.
-Antes de volverte loco dice, Bruce, no eres precisamente la persona más cuerda que conozco.
Un escalofrío le recorrió toda la espalda, reconocía esa voz y su presencia allí no auguraba nada bueno.
-¿No te alegras de verme, Bruce? Aah, es verdad, que llevas años evitándome. -Seguido por otra carcajada aún más aguda.
-No, no, no, no, no, tú te fuiste, logré echarte, no puedes haber vuel...
-¡Bruce! Me necesitas más que nunca. -Interrumpió.
El interlocutor se situó justo delante de Bruce con los brazos alzados, ese traje negro, esos guantes de cuero, esa máscara blanca, esas cuencas vacías, esa melena rubia y esa lágrima, esa maldita lágrima, hacía mucho que no se veían cara a cara.
-Espectro.-Enunció Bruce destilando una rabia inconcebible en cada letra.
-Ése soy yo, últimamente andas con la guardia muy baja. Eeh Bruce, no me ha costado mucho tomar el control estos últimos días.
-Fuiste tú el monstruo de Broad Street ¿verdad?
-¿No lo recuerdas? Oh vaya, pensé que nos lo habíamos pasado bien juntos, ya sabes, como antaño, que decepción.Al menos le di una muerte digna ¿No crees?
-Todo esto es culpa tuya.
-Esto no tiene nada que ver con el pederasta, de hecho, Ryan ha halagado mi trabajo, esto puede tener más que ver con el martes.
-Dos trabajos en una noche, sabía que no debería haber ido hasta allí, era tan evidente...
-¡La coloqué yo!-Exclamó excitado-Bueno.....tú, o yo ¿Quién sabe? Desde luego, nosotros no.
-Serás hijo de perra.
-Podría decirse que somos hijos de la misma madre, así que cuidado con lo que dices, Bruce.
-¡Cállate, aquel niño perdió a su familia por tu culpa!
-Yo sólo te ayude a creer que La Agencia podía tener una razón de peso para matarlos y como retribución, me ayudaste a salir de nuevo para poder matarlos.
-¿Eran inocentes?
-No, no, tranquilo, eran unos maltratadores y unos sádicos, pero bueno, son tan inocentes como tú, la única pega es que no beneficiaba a La Agencia, los has comprometido sin que ellos tan siquiera consiguieran una misera contribución a cambio, por eso estamos aquí y por eso has necesitado despertarme.
-Eres un jodido manipulador.
-Y a mucha honra, hice lo que necesitaba para sobrevivir, sólo alimentándome de tus pequeños descuidos y tus momentos de debilidad, saboreándolos al máximo.
Bruce ya no podía reprimir su rabia, le ardía la cabeza, bullía. Necesitaba volver a encerrar a Espectro, esta vez para siempre.
-Bueno, te dejo, tenemos compañía.
La vista se le empezó a oscurecer y volvió a la realidad.
Sólo le costó unos segundos situarse, estaba en los asientos traseros de un coche bastante espacioso, que se movía por la carrera a una velocidad vertiginosa, pero hay que reconocer que impecable.
Desde ésa perspectiva no podía ver al conductor, sin embargo vio a una mujer encaramada a la ventanilla del asiento del copiloto disparando con un pequeño subfusil.
-¡Alice!
-¿Ya te has despertado? Nos sería útil una pequeña ayudita.-La voz venía del asiento del conductor.
Él conocía esa voz, pero no podía ser.
¿Lo habían sacado de la Agencia? Su hermana Alice, a la que consideraba una traidora y su mejor (o único) amigo y mentor Rick, no tenía sentido alguno, ni si quiera se conocían. ¿Y desde cuándo sabía Alice disparar?
-¡Espabila ya! ¡Pilla tu arma y dispara!-Inconfundiblemente era la voz de Alice.
Bruce sacudió la cabeza, ya habría tiempo después para explicaciones, se incorporó, cogió su pistola y se encaramó a la ventanilla para apuntar a los coches que les perseguían.



miércoles, 7 de octubre de 2015

Capítulo Cinco

-¡Alice!-gritó Bruce desquiciado.
Entonces una puerta se abrió. Aquella mujer que él seguía viendo como a una niña se plantó delante suya. Algo tan simple como gritar le había dejado sin fuerzas, un error más entre tantos. Sintió un pinchazo en el cuello la vista se le empezó a nublar.
-Primera regla, hermanito: nunca te dejes llevar por los impulsos. Si quieres que te saque de aquí guarda silencio.
El cerebro de Bruce perdió contacto por completo con sus músculos, parecía desinflarse por momentos. Los ojos se le cerraban inevitablemente pero aun así pudo ver aparecer una luz cegadora y oír un grito.
-¡Traidora asquerosa!
El mundo se fundió con el ruido ensordecedor de un fuego cruzado y un duro golpe contra el suelo.

…………………………………………………………

-Alice, escóndete.- susurró Bruce en el lugar más obvio del mundo, la parte inferior de una cama.
-¿Quién es ese hombre? ¿Dónde está papá?- aquella niña no paraba de hacer preguntas como esa.
-Escóndete e ire a por papá ¿de acuerdo?
-¿Me lo prometes?
-Claro que sí, enana.
No podía creerse que una hora antes estuviera con Biana. Juntando sus labios a los de ella, mientras el pelo de la nuca se le erizaba y en su mente se reproducía la frase que su boca no podía decir porque estaba demasiado ocupada: “Te amo”; sin más preocupación que la de que nada pusiera fin a ese momento…pero tuvo que sonar su móvil.
-¿Quién es?-preguntó Biana.
-Mi hermana.-contestó sorprendido.- Tengo que contestar, no me llama salvo casos de emergencia.
Le dio otro beso y descolgó.
-Bruce, ha llegado un señor a casa y ha empezado a romperlo todo, papá me ha metido en su habitación.
-¿Qué? Ya voy, enana. No te muevas.
Y salió corriendo con la voz de Biana a sus espaldas:
-¡Iré a verte luego!
Volviendo al presente unos ojos exactamente iguales a los suyos le miraban atemorizados; la mirada de miedo de Alice.
Bajó las escaleras sin hacer el menor ruido y con el corazón a punto de salir por su boca. Llegando a la planta de abajo vio todo destrozado, igual que cuando había llegado, pero esta vez el lugar no estaba vacío. Un hombre se hallaba de espaldas a él, apuntando con un arma a su padre, que estaba de rodillas. El miedo hizo retroceder a Bruce, pero pisó un cristal roto y alertó al intruso.
Instintivamente, el adolescente cogió el cristal y se lanzó contra su oponente, clavándoselo en la cara y arrebatándole el arma. Pero una máscara amortiguó el golpe. Bruce fue a socorrer a su padre sin haber noqueado al tipo de la máscara, pensando que podían escapar. Llegaron al jardín… y allí estaba Biana. El padre de Bruce dio dos zancadas hacia ella y la cogió por el cuello volviéndose hacia el enmascarado.
-¿Qué vas a hacer? ¿La vas a matar como hiciste con tu mujer?
Bruce deseaba no haber oído bien. Hacía una semana que su madre había sido asesinada y él había defendido a su padre a capa y espada convencido de su inocencia.
-Papa…-murmuró.-¿fuiste tú?
-No te acerques, Bruce.-advirtió su padre sacando un puñal. Pero él no lo veía, solo veía al cabrón que le había dejado huérfano, y que podía matarlo a él y a su hermana.
-¡HIJO DE PUTA¡-gritó abalanzándose sobre él, pero en su trayectoria chocó el cuerpo inerte de Biana, con una herida abierta en el cuello.
Todo era un caos. Aquello no podía estar sucediendo. Su padre era un asesino. Ese hombre… ¡Ese hombre que intentaba escapar! No, no podía. Cogió el arma del hombre de la máscara y disparó.
El cuerpo de aquel asesino calló al suelo desplomado. Bruce solo lloraba y temblaba. Algo que a cualquier chico de 17 años le costaría mostrar, pero no en una situación así. Miró a Biana, parecía dormir en sus brazos, igual que dos días atrás.
-Eres demasiado impulsivo.-dijo una voz a su espalda.
Bruce se dio la vuelta y apuntó con el arma al hombre de la máscara, al cual levantó los brazos en son de paz.
-¡No se acerque!
-¿Y cómo quieres que te ayude si no?
Aquel varón se fue acercando lentamente a él hasta quitarle el arma de las manos.
-Te ayudaré, chico.
-¿Mi hermana pequeña está arriba?
-También la ayudaré a ella. Siento mucho todo lo que te ha pasado. Pero tienes que aprender a neutralizar tus emociones. ¿De acuerdo?
-¿Cómo quiere que lo haga? ¡Ese ser matado a mi madre y a mi novia!
-Llévalas dentro. Hónralas. Ven conmigo y te enseñaré como.
-¿Tengo alternativa?
-Me temo que en realidad no.
Entonces se acercó al cuerpo de su padre, y con la sangre escribió en el suelo: Fear the Tear.
Bruce se dio la vuelta para entrar a la casa y buscar a su hermana, pero ella ya estaba allí, presenciando horrorizada la escena.

Capítulo Cuatro

Tic. Tac. Tic. Tac. Las manecillas del desvencijado reloj que colgaba de aquella estúpida pared no parecían cansarse de marcar aquellos compases. Aquel sonido, otrora tranqulizador, ahora se le antojaba meramente estridente. Como si con cada segundo que pasara se empeñara en bularse de él. Tic: Sigues vivo. Tac:Yo decido cuánto tiempo. El tiempo parecía querer regodearse en su victoria sobre él. Humillado, Bruce no quería hacer memoria del desafortunado curso de los acontecimientos que le habían guiado a su deplorable panorama. Se le antojaba demasiado irónico. El bucle se había zanjado. Había ganado la justicia de lo absurdo. Allí, encerrado en aquella habitación sin ventanas ese condenado tic tac era la única medida de noción de tiempo disponible para Bruce. Lo amaba a la par que lo odiaba. Atado contra la silla apenas podía hacer otra cosa que contar el tiempo que pasaba entre comida y comida. Tic tac. Volvían a aparecer aquellos extraños. Nunca era el mismo. Calculaba que habían pasado alrededor de tres días. Pero también es cierto que empezaba a dudar de sí mismo. Al fin y al cabo, ese tic tac estaba empezando a desquiciarlo seriamente. Lo único que podía hacer además de contar los segundos era pensar. Pensar y recordar la estúpida forma en la que había ido a parar allí.
Los recuerdos se arremolinaban sin rumbo claro en su mente. Involuntariamente rememoraba una y mil veces el episodio. Al fin y al cabo, eran sus recuerdos más recientes sobre ella. Aquella criatura inocente y socarrona junto a la cual había crecido.- Ay Alice, cuánto has cambiado. – murmuró para sí.  Parecía que hubieran pasado siglos desde la última vez que la vio. Y ahí estaba ella, lista para las buenas noticias,  para la buena nueva de la traición.  Abatido por la pena y la rabia, rememoró con cierto sabor agridulce las inteligentes decisiones que le habían llevado hasta su fantástica acomodación actual.
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Abandonó estrepitosamente el lugar del “crimen”. Bruce era consciente del terrible error que podía haber cometido. Se le fue la mano, perdió su habitual frialdad, su sensatez. Al fin y al cabo, su labor no era la justicia. ¿Cómo podía serlo, aún cuando aquellas sanguijuelas que desmembraba pasaban primero por su cuchillo ejecutor? ¿Qué justicia hay en la sangre, la tome quién la tome? Eran las mismas reflexiones autocompasivas y tortuosas de siempre. Ya ni siquiera le robaban el sueño. Ya no. Estas acudían simplemente cuando menos las necesitaba, cuando más necesitaba de su preciosa sangre fría. Encendió un cigarrillo para tratar de traerla de vuelta.
Esquivar a los viandantes le estresaba aún más. En lugar de aparentar calma, quería sacar su cuchillo y aniquilarlos a ellos también. Extinguir cada pulso, extinguir hasta la última exhalación de todos aquellos que osaban mirarlo con semejantes expresiones de horror. Cierto, no había sido muy cuidadoso tampoco al final. Quizá aquellas misteriosas gotas de un alarmante color rojo en el cuello de su camisa no eran precisamente las más tranqulizadoras. Quizá debió tomar el control de sus nervios antes de salir horrorizado por su propio placer durante la matanza. Quizas….tantos quizás.
El chico probablemente pondría la misma expresión alarmada. Quizás también haría bien en asustarlo tanto como para que encuentre un lugar lejos de sí, un sitio mejor, pero ojalá no peor que aquel del que procedía…¡no! No podía permitirse esa clase de pensamientos. Sabía de sobra que el chico estaba mejor con él. A pesar de todo. La solución estaba clara. Él debía ser mejor. Él tenia que acabar con esa espiral de locura. Él tenia un trabajo, una función social. Salvar chicos como Levon, o cómo aquel pequeño que acababa de salvar de sabe Dios qué horrores. Sacudió la cabeza. Exhaló una nueva bocanada de humo. Ahí estaba por fin, la cordura que tanto necesitaba para lidiar con sus nuevos y posibles problemas con la agencia. Ellos habían marcado un objetivo y unas normas. Cumplir el objetivo no sirve de nada si pierdes la cabeza entretanto. Les costaría mucho limpiar aquel estropicio. Fear the Tear debía seguir siendo un símbolo. La lágrima no es impulsiva. La lágrima imparte castigos hechos a medida. Este castigo se le fue ligeramente de las manos.
Respiró hondo. Se estaba aproximando hasta su portal. Necesitaba aquel paseo y aún no se sabía preparado para vérselas con otro ser humano al que no tuviera que desmembrar. El chico no debía verle así. Apuró su cigarrillo y lo arrojó al suelo despreocupadamente. Introdujo la llave del portal. Debía cambiarse de ropa, volver a ser el mismo hombre impoluto de emociones impenetrables. Bajó al sótano del edificio dónde guardaba algunas herramientas de trabajo (escopetas, dagas, alguna katana…) y también ropa de recambio para emergencias. Aunque como ermitaño nunca había necesitado de este tipo de escotillas, no le gustaba llevarse todo el “trabajo” a casa. Le gustaba pensar en su piso como una fortaleza, un rincón donde desprenderse de la lágrima, al menos tanto como eso fuera posible. Y ahora había llevado a Levon allí. – ¿ y yo qué diablos voy a hacer con él?- pensó por decimoquinta vez.
Se armó de valor y subió las escaleras hasta el piso. Se preguntó si el chicho estaría bien, si se había alimentado con aquellas tristes sobras o si quizás hubiera elegido marcharse para siempre. Inquieto, se encontró a sí mismo nervioso, preocupado por otro. Era una sensación que había olvidado, que había quedado enterrada tiempo atrás. En otro tiempo, en otra vida.
Pensó un segundo en llamar a la puerta antes de entrar. Luego se maldijo a sí mismo por ello, ¿llamar a la puerta de su propia casa? ¿en quién se estaba convirtiendo? Puso los ojos en blanco tratando de recuperar cierta calma.
Abrió la puerta con cautela, pero procurando hacer el suficiente ruido para anunciar su presencia.
Levon yacía dormido plácidamente en el sofá. El ruido del televisor no parecía enturbiar su sueño. Sonreía, quién sabe porqué. Bruce volvió a encontrarse a sí mismo con aquellos extranjeros sentimientos de empatía hacía otro. Respiró tranquilo y fue en busca de una manta para cobijarlo. Mientras volvía, Levon comenzó a abrir los ojos.
   - Perdona, te he despertado -se disculpó.- ¿Quieres seguir durmiendo? Yo pensaba en pedir algo para cenar, puedes seguir descansando mientras lo traen.- Aquellas muestras de afecto espontáneo o preocupación le salieron a borbotones por los labios, sin quiera pensarlo demasiado. 
   - No, no – contestó Levon aún frotándose los ojos.- Estoy bien así.-  contestó apresuradamente el chico, casi como si se sintiera avergonzado por tener ese tipo de necesidades biológicas básicas como comer o dormir. Bruce sintió lástima por él. Empezaba a recordar porqué lo había traído hasta casa.
 
  - Eh, chico, tranquilo. No me mires así, no me supone ninguna molestía ahora mismo. Te he traido hasta aquí para que estés a salvo. Sé que no soy el mejor tutor del mundo pero…-se detuvo al ver la expresión dubitativa en su rostro.-¿Ocurre algo?-preguntó ligeramente preocupado. 
  - Hay…..hay algo que tengo que contarte.- Su amodorrada expresión se despejó del todo. Ahora estaba decididamente nervioso. Vio como se retorcía las manos tratando de encontrar las palabras para ello. 
  - ¿Qué ocurre? – inquirió Bruce, tratando de parecer tranquilo, aunque con un mal presentimiento sobre aquello que quisiera decirle.  
  - Ha…ha llegado algo, un sobre….no sé qué es, no..no me he sentido con derecho a abrirlo. Alguien lo echó por debajo de la puerta. Yo…yo no tuve el valor de asomarme a ver quién era. Lo siento – se disculpó medio tartamudeando por la presión.- Lo he dejado encima de la mesa de allí – dijo señalando la cocina. Bruce se envaró enseguida. Permaneció mudo unos segundos hasta que confundido se dirigió allí donde Levon señaló. Quería averiguar que demonios pasaba.


El sobre parecía estar en blanco, sin ninguna pista sobre su posible remitente. Lo único destacable era el lacre carmesí que lo sellaba, probando que en efecto, Levon no había intentado nada. Él chico de verdad parecía tener buenas intenciones, o al menos, le temía aún lo suficiente como para evitar provocarlo con cosas tan invasivas como atropellar su intimidad.
Lo observó con cierta desconfianza antes de atreverse a abrirlo. La agencia no hace así las cosas. Cada entrega acerca de cada objetivo es pactada previamente por otros medios y de forma muy precisa. Nunca intervienen en su intimidad tan atropelladamente. Nunca. Al menos hasta ahora.
Abrió el sobre nervioso. Por muchas dudas que tuviera al respecto, necesitaba despejar su incógnita. Con todo estaba más curioso que asustado. Nunca imaginó, ni en sus peores pesadillas, su verdadero contenido. Era simple, muy  sencillo.  Se trataba solamente de una simple foto.
En ella aparecía una delicada muchacha de expresivos ojos azules y una corta melena cobriza. Sonriente, feliz, abrazaba a un muchacho moreno, delgado y larguiducho, igualmente dichoso. Un muchacho que ya no existia. Bruce se había encargado de ello.
Pero no era cualquier foto. Era su foto. Era la foto de ella. Alice…
Le dio la vuelta con la mano temblorosa. No sabía muy bien qué expresión tendría, pero Levon se encogió asustado. Solo dos líneas adornaban el reverso de esta. 

En el muelle al anochecer.
Si no, puedes imaginar quién pagará las consecuencias”

Sus labios no habrían podido articular sonido alguno ni aún habiéndoselo propuesto. Se quedó paralizado, observando el infinito durante lo que a él le pareció una eternidad, pero solo debieron ser unos segundos, porque Levon seguía mirándolo exactamente con la misma expresión de temor.
Miró la hora. Maldita sea. Estaba ya atardeciendo cuando apenas se dirigía a su casa. Su mente se quedó en blanco. Tenía demasiado que pensar y muy poco tiempo para asimilarlo. Alice no….ella no. No era posible que la hubieran encontrado. Podía tratarse perfectamente de una trampa. Él la suponía a salvo, eran las únicas condiciones que le había pedido a la agencia…¿Entonces? ¿Habían fracasado? ¿Alguno de sus enemigos había conseguido dar con su paradero? ¿Era este su castigo por la sangría que había cometido horas antes? 

       -   Levon, ¿Cúando dices que llegó esto? – consiguió murmurar. Era una pregunta inútil. Pero algo en su interior reclamaba por más información, aún cuando se sabía incapaz de conseguirla.

       -   Hace unas horas….- respondió Levon con un hilo de voz. El chico simplemente parecía confundido, como fuera de lugar. Su cara era un poema, claramente quería salir corriendo de allí, como si supiera culpable de todo aquello que estaba ocurriendo sin que él si quiera lo entendiera  ¿Cómo iba a estar si no? Bruce era el loco psicopáta con cambios de humor, él era un mero refugiado.

     -    ¿Cuántas? – insistió algo más alterado. Seguía sin saber porqué insistir ello, pero había desconectado hacía la rato la máquina de su razón.

Levon no supo responder. Bruce pegó un puñetazo contra la encimera, furioso, frustado. Necesitaba saber quién había encontrado esa foto y porqué la querían utilizar en su contra. Nadie conocía de su existencia, solo la agencia.  ¿Qué más daba que fuera una trampa? No podía permitir ni el mínimo espacio a la duda sobre su seguridad. A partir del momento en qué tomó está decisión, su cuerpo comenzó a moverse de forma automática. Su mente podía estar tan angustiada como quisiera, pero era momento de actuar. Tenía que acudir a esa cita inesperada e inminente, aunque fuera para averiguar qué estaba pasando.
Dejó reposar la foto allí donde la había encontrado, sin apenas darse cuenta. Se dirigió rápidamente a la entrada. Cogió su chaqueta de cuero y se la colocó apresuradamente. Desapareció tras la puerta como una exhalación, sin siquiera dar cuenta de si había la cerrado o no. No podía preocuparse ahora de la penosa impresión que esto hubiera dejado en Levon. No tenía tiempo que perder en discurrideros inútiles.
Corrió. Corrió hasta que le ardieron los pulmones y dejó de sentir sus músculos. El muelle no estaba lejos. Era uno de sus sitios favoritos, o ahora podría decir que lo fue. Tan solo podía pensar en seguir avanzando. Miraba de reojo con pavor cómo el sol iba cayendo por el horizonte. Cada centímetro menos que observaba era un impulso extra que imprimía a sus piernas. Llegó al muelle. No parecía haber nada fuera de lugar salvo una silueta femenina recortada al fondo de este. Confundido y tenso, se aproximó hasta ella.  Desde aquella distancia no podía distinguir gran cosa. Únicamente veía su larga melena azabache removida por el viento.
Intrigado, agotado, y sobretodo furioso, se acercó con paso firme hacia la figura desconocida. No se giró hasta que no estuvo a tres pasos de distancia.

   - Hola Bruce – sonrió la desconocida. Parecía contenta de verlo. Parecía saber muy bien quién era él. Sus rasgos le resultaban conocidos, familiares, no terminaba de ubicarlos. Trató de hacer memoria…la miró a los ojos. A unos ojos pertubadoramente conocidos y azules. 

Bruce se quedó sin aliento.

Conocía muy aquellos ojos azules, gélidos. Ya no había amor en ellos. Su sonrisa no era de alegría. Era un regocijo siniestro.

Alice. 

Ella le había tendido “la trampa”.
Ella estaba detrás de aquel sin sentido.

Capítulo Tres

Por un momento, la idea de que el chico gritase cruzó su pensamiento. Decidió usar el aspecto tenebroso de la mascara para su actual uso, el miedo. Paso suavemente su dedo índice por los labios inertes de su oculta apariencia. El chico no cambió su expresión, tan solo abrió la boca consiguiendo sacar a la vista la mitad de su lengua. El resto, no estaba. Por el cuerpo de Bruce las emociones volvieron a cruzarse. Esta vez la ira y la venganza formaban el mar turbio de su cabeza. Miro hacia el salón por un segundo y luego volvió a incrustar la mirada en el niño, se agacho hasta ponerse a su altura.
-¿Te hicieron daño?- preguntó con el susurro áspero de sus cuerdas vocales. El chico asintió, que otra cosa podía hacer. Bruce intentó mirar con mas prudencia si el chico mostraba emoción alguna. Nada. Solo la indiferencia transformada en un cuerpo inocente.
Bruce suspiro y volvió a levantarse. –Vete al baño y cierra la puerta- murmuró con el sonido cerrado de la mascara.
El chico obedeció a la primera. Una vez el sonido aseguró a Bruce que el chico estaba en el baño avanzo poco a poco hacia el salón. Todos estaban sentados en el sofá conversando sobre como estará el tiempo mañana para ir al campo y celebrar las calificaciones. El primer impulso que Bruce quería tener era la matanza absoluta, sangre, gritos, muerte, suplicas. Se dejo llevar por esas ideas hasta el salón..
-LARRY, TRAE EL VINO DE LA COCINA JUNTO CON EL REGALO DE TU HERMANO- gritó la madre y obligó a Bruce a retroceder hacia las sombras del vestíbulo. La puerta del baño volvió a abrirse y el chico cruzo su mirada de nuevo con la máscara llorando. Por la cabeza de Bruce , jugar con el niño podía ser la manera de solucionar esto en silencio, estaban ambos preparados para eso. Uno por experiencia, otro por rabia y deseos oscuros. Esta vez no se agachó y el murmullo sonó vacío y angustioso.
-Asi que tu nombre es Larry-
Asintió
– Dime Larry , ¿Los odias? –
El chico repitió su aprobación con la cabeza.
-¿A todos?-
El niño negó y señalo hacia la pared de su derecha, en el muro que formaba el vestíbulo. Había un sinnúmero de fotos de un joven idéntico a Larry, dos años mas , quizás tres. La edad y el pelo, castaño en lugar de negro como el de Larry,  era lo único distinto a simple vista.
-¿Es tu hermano?-
Aprobó Larry
– ¿Y donde está?
Solo negó y Bruce supo lo que significaba eso
-¿Hace cuanto tiempo?
El chico señalo tres dedos de su mano
-¿Tres semanas?-
Negó
-¿Tres meses?-
Repitió el mismo gesto
-Ya veo, tres años-
El chico siguió haciendo el mismo gesto. Si el chico hubiera visto la expresión colérica de Bruce , hubiera huido.
-¿Tu hermano murió hace tres días?-
Larry por fin asintió
Bruce lanzo un suspiro de cansancio. Podía haber preguntado como pero, la única forma por la que ese tipo de gente no admitiera la muerte de su hijo.
-¿Se suicidó verdad?-
El chico no respondió de ninguna manera. Bruce estaba en lo cierto y como sabía que el chico no quería hablar mas de eso cambio de tema a lo que importaba, mantener su conciencia contenta.
-¿Dime , a quien odias mas? Dijo y Larry señalo a la madre -¿Por?-
De nuevo, abrió la boca y sacó su mutilada lengua. Bruce entendió y el resto de las preguntas de si y no solo sirvieron para aumentar su ira creciente y solida por cada momento. Por que odias a tu madre y respondió levantándose la camisa, cortadas rusticas marcaban “mudo” en todo el vientre. La ultima pregunta hizo sonrojar al muchacho, la única emoción que ha visto Bruce de Larry es pena. Paró el interrogatorio cuando vio que el chico se iba a ir. Lo agarro del brazo y lo arrimó a el.
-Escúchame Larry, esta gente es mala , tu mas que nadie lo debes saber y yo soy un señor que viene a detenerlos –el chico entendía- necesito tu atención y que confíes en mi, estoy seguro que puedes hacerlo-
Cercanía, emoción y empatía hacia el muchacho , todas fingidas para conseguir su objetivo. Larry lo miro fijamente prestando toda su atención.
-Muy bien, trae el vino al salón como te dijeron pero , antes- saco un sobre plástico- echa a las copas esto. Asegúrate de apretarlo con fuerza para que se abra con mas facilidad. Del resto me encargo yo- esbozó una sonrisa amistosa. – ¿Entendido?-
El chico cogió el sobre y fue hacia la cocina corriendo. Bruce se quedo sorprendido por la emoción que ponía el chico a algo como eso , pero sabe que necesita esa actitud .
Mientras esperaba oculto con la mente extraviada en el chico, todo lo que le pasó habrá acabado con sus emociones. Nada como Devon , que la malnutrición , la oscuridad y el sufrimiento lo habían convertido en un niño traumatizado , triste y con un solo destino , la ayuda profesional.
Sintió un toque en la cintura y miró rápidamente hacia abajo. Larry se hallaba con dos copas llenos de vino en ambas manos y  haciendo una mueca parecida a la sonrisa. Por primera vez Bruce asintió.
-Puedes hacerlo, mantén la calma- el chico parecía hacerlo perfectamente.- ah y otra cosa , ¿cuando vuelve tu hermano?
Larry negó con la cabeza
Entregó ambas copas en el salón. La madre empezó a agarrarlo y hacerle cosquillas en el vientre. Bruce consideró la idea de que el chico hubiera mentido pero al ver su cara, sin mueca alguna, ni siquiera una alteración en los labios, nada. Larry consiguió escabullirse hacia donde estaba Bruce oculto y los padres no le dieron mucha importancia. Bebieron sus copas y por dentro de la mascara Bruce sonrió. El somnífero actuó rápido.
El padre se levantó quince minutos después atado a una silla con cinta aislante en el brazo , los pies y la boca. La madre notó lo mismo al despertar cinco minutos después. Bruce estaba cabizbajo mirando un pequeño collar con un sol blanco y negro-Asi que este es el regalo para vuestro hijo-
Los padres estallaron en cólera y empezaron a moverse violentamente. Bruce mantuvo la calma.
– En el caso de que os halláis preguntado “que coño” y no os halla entendido diré que no fue solo vino lo que tomasteis aunque- rió-  eso ya lo habréis supuesto al despertar así- empezaron a gritar enmudecidos al mismo tiempo- Callaos – dijo la voz en la mascara- Nadie os va a oír , es inútil- retomo su historia- En fin lo que acabáis de consumir se llama rohypnol , también conocida como la droga de los violadores. Por supuesto eso no se adapta a vuestro perfil, aunque ojala fuera solo eso. Gracias a que ataca inmediatamente he tenido tiempo para poneros cómodos- señaló al niño – Por supuesto Larry está aquí para aseguraos de que ninguna vida inocente morirá. Ahora- se giró y empezó a hablar al chico- Larry , necesito que te vuelvas a encerrar en el baño y no salgas hasta que te diga-
El chico dudó por un segundo pero luego salió corriendo.
-En cuanto a vosotros caballeros- dijo dirigiéndose a los padres- Ya han jodido bastante a un pobre niño y a su pobre hermano, que en paz descanse-
El padre se enfureció e intento desatarse. No lo consiguió
-No queréis admitirlo- dijo Bruce mientras acercaba hacia el medio de ambas caras- Vuestro hijo está muerto- dijo con un tono tenebroso
Esta vez la madre también intento desatarse. Ninguno pudo siquiera aflojar la cinta aislante.
-Si fuera vosotros cerraría los ojos- dijo Bruce y sacó el cuchillo por dentro del pantalón. El padre palideció y ,la madre cayo sobre su cuello , desmayada.
Diez minutos pasaron hasta que  Bruce se acercó hacia la puerta principal. Todo silencioso y discreto según lo planeado. De repente , se detuvo en seco. Había olvidado casi lo mas esencial.
-Ya puedes salir- afirmó con el tono que usaría un padre
Se abrió la puerta y salió Larry confuso sin la oportunidad de ninguna explicación. Caminó hacia Bruce y se quedo mirando la lagrima en la mascara
-Toma – le entrego a Larry una nota envuelta- Dale esto a la primera persona que veas abrir la puerta.
Y asi, Bruce se marcho de nuevo . Dejando atras un niño confuso , (junto a toda su familia mutilada , se hizo justicia piensa el y , seguro que también el chico) y una nota con su único modus operandi , fear the tear.

Capítulo Dos

Terminaron las noticias de la mañana, tenía que irse a trabajar pronto, ese mes ya había faltado varios días para ocultar heridas graves y no podía permitirse más ausencias si quería conservar su puesto. El chaval todavía seguía durmiendo en el sofá, se había llegado a plantear llevarlo al hospital, pero, ¿qué iba a decir cuando le preguntasen por lo ocurrido? Era demasiado sospechoso y más cuando los hechos ya eran más que conocidos. Al final lo único que se le ocurrió fue dejar una llamativa nota:
“Hay comida en la encimera, si quieres más sírvete de la nevera, estás en tu casa.
PD: no cojas las cervezas.
PD2: si ocurre algo llama al ********”

No podía haber quedado peor, pero no había tiempo.
Salió por la puerta y casi se le olvido cerrar, la falta de descanso estaba afectando demasiado a su vida. Entró en el coche y arrancó, se le había olvidado coger la cartera, pero ya llegaba tarde, no tenía tiempo. Últimamente no tenía tiempo de nada, ya no salía, no descansaba, no hablaba con nadie, no dormía… Sí, en ese momento le aseguraron que su vida cambiaría para siempre, sin embargo su vida simplemente acabó allí, en ese momento.
Se vio obligado a coger un par de desvíos para evitar el típico atasco de hora punta, cuando llegó a la oficina ni siquiera se molesto en pedir disculpas. Fue directo a su despacho, donde empezó a revisar todo el papeleo que se había acumulado en el escritorio. A pesar de poner toda su energía en ello, no podía concentrarse, la atroz escena que había provocado la noche anterior lo perseguía. Estaba claro que ese repugnante ser se lo merecía, incluso podría haber sido peor, pero no era esa la cuestión.

¿Quién era él para juzgar e impartir el castigo? Nadie, no era nadie. Bueno si, era un asesino. Igual que lo eran sus víctimas, de hecho alguna de ellas ni siquiera lo fue directamente. ¿Hasta qué punto podía llamarse a aquello justicia? Bruce no lo sabía y cada vez le era más difícil encontrar una escusa para su situación que su propia consciencia no pudiese rebatir. Pero en fin, ya no merecía la pena preocuparse por ese tipo de cosas, ya no había vuelta atrás y aunque la hubiese, la mente de Bruce estaba tan saturada que no podría encontrarla. Al fin consiguió concentrarse y acabar el trabajo, si se iba pronto podría ver al niño que, con un poco de suerte, ya estaría despierto.
A las siete de la tarde el sicario llegó a su casa, tan silenciosa como siempre. Cruzó el pasillo alerta (últimamente siempre lo estaba) y entró al salón, el escuálido niño que había traído la noche anterior lo observaba desde el sofá. A pesar de que seguía demacrado y sucio su expresión había cambiado, ahora al menos parecía estar vivo.
-¿Comiste?
– Si, gracias.
Parecía que el niño no era muy hablador, no era de extrañar después de todo. Para Bruce fue un alivio, él tampoco era de conversaciones muy largas, al menos ya no. Tardo un rato en darse cuenta de que no se había presentado.
-Soy Bruce, puedes quedarte aquí si quieres.
Otro silencio incomodo, estaba claro que no le inspiraba mucha confianza.
-Levon. –Pasaron unos segundos hasta que siguió, su voz temblaba- no tengo ningún otro sitio a donde ir.
-Bien, no te preocupes. ¿Tienes hambre? Haré la cena.
El mayor no esperó repuesta y fue a la cocina, abro la nevera. Un par de cervezas y unos yogures caducados. Parece que esa noche volvería a cenar comida india. Cuando llegó la comida se sentó con el chico y cenaron mientras veían la tele, repetían la noticia de la masacre anterior una y otra vez en todos los noticieros, la atmósfera se volvió tan tensa que ambos respiraban lo menos posible. Por primera vez, Bruce se alegró al oír el teléfono, corrió a descolgarlo, le dieron una nueva dirección.
-Perdona, tengo que irme. Si necesitas algo…
-Lo sé, te llamo.
-Exacto.
La verdad es que ni uno tenía la intención de llamar aunque ocurriese algo, ni el otro tenía la intención de coger el teléfono si sonaba. Esta vez, Bruce no se vistió en casa sino que cogió el disfraz y las armas rápidamente y lo preparó todo en el ascensor. Por alguna razón prefería evitar que Levon lo viese, aunque estaba seguro de que ya lo sabía, no tenía cara de tonto.
Como la noche anterior, fue al coche todo tan rápido y sigiloso como le fue posible, cualquiera hubiese dicho que era solo una sombra, conocía el lugar a la perfección, ya había habido otras víctimas allí, un nido de buitres arrogantes y descuidados. En la puerta del número 76, una mansión que brillaba incluso en la profundidad de la noche, encontró la ya típica tarjeta: Colección E, 29 años.
-Vaya, un estafador tan joven, es una pena que a los niños ricos no les avisen de que a los ladrones les cortan las manos…
Bruce entró como un espectro en la casa, cuando encontró la habitación de su víctima ni siquiera se sorprendió, el hombre estaba sentado frente al ordenador, probablemente estafando el dinero que no tenían a una familia humilde. No oyó llegar al asesino, sus grandes auriculares le aislaban totalmente de la realidad, el muy arrogante ni siquiera esperaba las consecuencias de sus delitos, esa arrogancia lo mataría, esa arrogancia lo mató. El enmascarado reconocía aquella escena, no podía culparlo, él había nacido así, seguramente desde niño vio como su millonario padre trataba al mundo como si hubiera sido creado para servirle, probablemente lo vio despreciar todo lo que, a su parecer, era inferior. Así, aquel hombre había crecido sin preocupaciones, sin respeto y sin moral, así, aquel hombre habría matado de hambre, sin quererlo, a muchos otros.
Se le acercó por la espalda y antes de que el estafador se diera cuenta, con un sutil y silencioso movimiento, Bruce lo dejó sin sentido. Cuando despertó, al ladrón ya le habían sido arrebatadas sus manos. En aquella misma habitación el nuevo asesino en serie le había arrebatado sus corruptas garras, ahora sus extremidades superiores acababan en una espantosa y sangrienta herida. Al ver la sangre, antes de sentir siquiera dolor o darse cuenta de la situación, intentó gritar, los ojos casi se le salieron de las orbitas y su cara mostraba un horror que no se puede expresar con palabras. Se fijó en que lo observaban, unas cuencas vacías y una máscara blanca, manchada de sangre, suplicó por su vida, todavía se creía con posibilidades de sobrevivir.
Bruce se quedo mirándole hasta que finalmente su víctima dejó de retorcerse y sus ojos se apagaron, ya no quedaba ningún tipo de remordimiento en su mente, cada vez que veía a uno de esos cerdos creía entender el por qué de su misión. Recogió los instrumentos, dejó su habitual mensaje y se fue por la puerta. Así deberían ser todos sus encargos, sin gritos ni interrupciones.
Ya en el coche y tras haber conducido un rato, se paró y se encendió un cigarro, el año pasado había prometido dejarlo, pero solo fue otra mentira más. De repente sonó el móvil, un mensaje. Cuando lo vio no se lo creía, era otra dirección, nunca había tenido que matar a dos personas en la misma noche.  Además aquella calle la conocía, pero no porque estuviera llena de ricachones corruptos, se encontraba en el barrio donde él mismo se había criado. Allí prácticamente solo había familias de clase media con más o menos comodidades, pero nada fuera de lo normal.
Estuvo un buen rato pensando hasta que se decidió a ir, al fin y al cabo, no tenía otra opción. Se preguntó una y mil veces a quien tendría que matar y por qué sería tan urgente. Llegó y se encontró con que todavía la casa no estaba dormida, un hombre blanco, de mediana edad y con una terrible expresión de cansancio salió de un coche aparcado a la entrada y se dirigió a la puerta. Bruce vio una oportunidad para no tener que forzar la cerradura así pues lo siguió con el máximo sigilo y en cuanto entró interpuso su mano para que la puerta no se cerrase. Esta vez la tarjeta era diferente, además, estaba escrita a mano, estaba claro que algo no encajaba, solo estaba la descripción de la víctima, ninguna pista sobre el delito. Esperó unos minutos antes de entrar. Se veía la luz que provenía de una de las estancias de la casa, probablemente el salón, el intruso podía oír como su objetivo, el hombre que había visto llegar, y la que suponía su esposa hablaban de sus deudas, del cansancio, mencionaron también a su hijo, había sacado la máxima nota en un examen del colegio.
Bruce seguía sin entender nada, por qué habría de matar a aquel hombre, se veía a la legua que era un tipo normal, tenia familia y… ¿A caso el resto de sus víctimas no tenían también una familia? ¿Por qué iba a ser este un caso distinto? Pero… parecía tan buena persona, no podía ser, sea lo que sea que hubiese hecho tenía que tener una justificación. ¿La habrían tenido el reto de asesinados? Porque en el resto de casos había incluso disfrutado de ver morir los criminales, se había vuelto frio y cada vez le importaba menos ver agonizar a los arrogantes insectos que envenenaban la sociedad con sus millones de dólares. Y sin embargo, esto era distinto, se resistía a creer en un motivo válido para matar a ese pobre trabajador.
Su mente estaba hecha un lio de pensamientos y cuando se quiso dar cuenta llevaba demasiado tiempo allí, tenía que decidir, irse o cumplir el trabajo, si esperaba más lo descubrirían y ya no tendría opción. Decidió marcharse, pero entonces alguien apareció por el pasillo, era un niño, de unos diez años, frotándose los ojos con los puños y vestido con un pijama multicolor.

Capítulo Uno

Era una noche oscura y lluviosa, los relámpagos dibujaban y desdibujaban las estructuras de los edificios que Bruce observaba por la ventana. Entre ellos destacaba ostentosamente el Space Shuttle. Era hora de ir a trabajar, aunque Bruce estuviera cansado y somnoliento sabía perfectamente que debía cumplir con su deber , o así le gustaba llamarlo para sentirse mejor consigo mismo.Ya se había colocado su traje negro y sus guantes de cuero. Ahora solo debía esperar la llamada, esa llamada que tanto había causado, esa llamada que nunca faltaba. Se repeinó su pelo moreno en una sencilla coleta sobre la que colocó una redecilla para ajustar mejor una peluca rubia que le llagaba a los hombros, mientras lo hacía, el sonido del móvil se unió al repiqueteo del cristal, pero Bruce seguía colocando la peluca cuidadosamente para que ésta no pareciera ajena a su cabeza. Al terminar cogió al móvil y escuchó las palabras: -Broad Street, 12. El desconocido colgó y Bruce se encaminó al vestidor, de donde cogió un paraguas, un maletín y una cinta de cuero (la cual se ajustó al tobillo). Abrió el maletín, sacó unas lentillas de sus respectivos tubos y se las colocó. Al alzar la vista, sus ojos eran completamente negros, no había ni rastro de aquellos ojos azules, fríos y calculadores, también sacó una máscara blanca, con bordes negros y una lágrima roja bajo el ojo izquierdo. De los últimos compartimentos del maletín sacó una navaja que guardó en la tira del tobillo y una pistola a la cual colocó un silenciador y guardó bajo su chaqueta, volvió a cerrar el maletín y salió por la puerta principal con el paraguas en una mano y el maletín en la otra. Al subir al ascensor se vio reflejado en el espejo, era un hombre musculoso y alto, pero no demasiado como para llamar la atención(sin contar el hecho de que llevaba una extraña máscara). Mientras miraba su reflejo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar dos pequeños tubos de cristal, uno contenía sangre, y el otro unas pequeñas hebras que parecían pelo, de una tonalidad cobriza, tras comprobar que todo estaba en orden, volvió a guardar los recipientes en su bolsillo, justo en el momento en el que sonaba el timbre que indicaba que había llegado al vestíbulo. Salió con suficiente prisa como para estar en la calle antes de que las puertas del ascensor terminaran de abrirse. Bruce sabía que era peligroso, y por ello debía terminar cuanto antes. Subió a su coche: un Citroën negro, que estaba aparcado en la puerta, dio el contacto y aceleró rumbo a Broad Street. Debido al mal tiempo no había casi transeúntes, y los que había iban demasiado concentrados en no mojar sus abrigos de piel o sus chaquetas de marca, atados a sus pertenencias, valorándolas más que a sí mismos; Bruce iba tan concentrado en sus ideas que se sorprendió al haber llegado ya a su destino. Bajó del coche mientras desplegaba su paraguas  y contempló el edificio número 12 de Broad Street, se acercó al buzón y lo rozó con una de las ganzúas que llevaba. Solo había una tarjeta blanca con una lágrima roja, Bruce la cogió y la giró para ver al mensaje: “colección, P, 38 años” Los músculos de Bruce se tensaron, cerró el buzón de un golpe y acto seguido empezó a andar por el camino de grava hacia la casa, sacó su pistola, disparó a la cerradura y pateó la puerta para abrirla de par en par. Reinaba un silencio sepulcral en la gran vivienda y Bruce se adentró de lleno en ella soltando el paraguas al entrar. Se encaminaba con paso firme, pero calmado. Ya había estado en casas como esa y conocía su distribución a la perfección. Se dirigió al segundo piso; allí había varias rendijas de luz, bajo lo que recordaba que era la puerta del baño y de la habitación principal. El silencio se rompió cuando alguien tras la primera puerta tiró de la cadena y abrió el grifo. Bruce se pegó a la pared para no ser descubierto aún. De pronto, se abrió la puerta del dormitorio, de donde salía un hombre de mediana edad con una escopeta con la que apuntaba directamente a Bruce  mientras gritaba algo en Francés que el intruso no entendió dado su escaso dominio sobre esa lengua. La puerta del baño se abrió entonces, lo que Bruce usó como cobertura y preparó su pistola. El francés disparó pero los perdigones dieron en la puerta y se escuchó un grito femenino proveniente del baño. bruce empezó a pensar que todo iba demasiado rápido y aunque sabía que sería arriesgado, dejó la pistola en el suelo y le dio una patada de forma que el francés lo viera. Este dijo algo para que la mujer saliera del baño y recogiera el arma, ella le hizo caso y Bruce aprovechó el momento para agarrarla y usarla de escudo humano colocándole su navaja en el cuello. Tanto la mujer como el hombre gritaban, Bruce solo entendía algunas palabras sueltas y comenzó a alejarse escaleras abajo con la espalda de la mujer pegada a su pecho, estaba fría y sudorosa. Bruce le arrancó la pistola de la mano y le dio un culetazo en la cabeza dejándola inconsciente. Le dejó tendida en el centro del salón y aguardó a que el hombre llegara corriendo en busca de su mujer al dejar de oírla, cuando este apareció se llevó un balazo en el tobillo por parte de Bruce, esto hizo que perdiera el equilibrio el arma cayera a los pies del enmascarado. El intruso desarmó la escopeta dejándola en tres piezas inservibles y la tiró al suelo. Frente al francés que se presionaba la herida mientras aullaba de dolor.
Bruce intentó comunicarse con él, pero la diferencia cultural era notable así que lo amordazó y esposó a la lámpara de araña con una cuerda lo suficientemente larga como para que este si se ponía de puntillas tocara el suelo, esposó a la mujer a la barandilla de la escalera para evitar una interrupción inoportuna. Se encaminó al sótano y abrió la puerta, en ese momento se apoderó de él un olor nauseabundo con el que le costó evitar el vómito. Se adentró en la habitación. A cada paso el olor era más insoportable y cuando sus ojos empezaron a habituarse a la penumbra pudo ver al fondo de la habitación a tres niños desnutridos y con los pies encadenados a la pared. Era una imagen desesperanzadora. Pero se volvió aún peor al acercarse y percibir solo el movimiento de uno de ellos, el más pequeño, el más indefenso en apariencia era el que más había sobrevivido. Disparó al grillete y lo liberó.
Lo recogió y mientras él perdía y recuperaba a consciencia a intervalos regulares. Bruce, fotografió el lugar aún furioso. Resaltando el escenario que reflejaba las acciones de aquel extraño con el flash.
Nadie sospechaba de los burgueses de aquel barrio rico puesto que la policía solo se centraba en los barrios marginales y los que pasaban por aquí solo lo hacían para recibir sobornos o visitar las fiestas de sus acaudalados “amigos”, en fin, Bruce solía divagar sobre ese tipo de cosas.
El enmascarado llevó al niño a la planta baja y lo dejó tumbado con cuidado sobre el sofá del salón y se giró a mirar al hombre con sus lentillas, que simulaban una oquedad en sus ojos. Este parecía aterrado.
-Como debe ser-pensó Bruce justo antes de dirigirse de nuevo al sótano para agrupar distintas herramientas metálicas que había sobre una tabla de madera ensangrentada. Necesitaba ajusticiar a los otros niños que yacían sin vida en un rincón oscuro.
Subió de nuevo y cortó la cinta elástica del pantalón del pijama del hombre para así dejarlo desnudo. Su cara estaba bañada en una mezcla de sudor y lágrimas. Estaba desesperado, y esto despertaba la compasión de Bruce, pero se giraba para ver al niño; sus greñas de un color rubio muy apagado por la suciedad le tapaban la cara aunque en el resto de su pálido cuerpo se le notaban los huesos. Había pasado un infierno a sus trece años.
Bruce había logrado salvar a un ser tan frágil pero aquel monstruo no había tenido compasión alguna y así consiguió paliar Bruce su impulso compasivo y asió con fuerza una hoz con la que le cortó de un tajo su hombría, por lo que llenó su brazo de sangre aunque eso le daba igual. Su víctima comenzó a patalear, pero él se alejó y dejó caer la hoz, sacó los botes donde tenía la sangre y el pelo y vertió su contenido sobre la alfombra.
Al día siguiente Bruce se despertó con el sonido de la televisión en su propio sofá, al levantarse bostezó mientras estiraba los brazos. Al fijarse en la tele se dio cuenta de que estaban hablando del número 12 de Broad Street, en la puerta blanca forzada había una frase escrita con sangre, decía: “Fear the tear”.
Le reportera preguntaba la identidad de aquel asesino en serie que mataba de formas tan grotescas todas las noches. La víctima había sido descubierta colgada por las manos del techo de su propio salón con distintas mutilaciones que les habían prohibido mostrar debido a la atrocidad de las imágenes. También habían encontrado los cadáveres de dos niños en el sótano y la posibilidad de que hubiera un tercero, pero este último no se había encontrado.
Bruce se dirigía a la cocina pero escuchó un golpe en su habitación y se apresuró hacia allí para descubrir que el origen del golpe residía en el niño, que al parecer se había intentado levantar pero había vuelto a caerse al suelo. El anfitrión lo cogió en brazos y lo llevó a la cocina para prepararle algo de comer y ponerle un paño mojado en la frente. Si lograba salvarlo podría adiestrarlo y tener así su propio “Robin” (pero sin el rollo gay), pero antes de pensar en eso debía salvarlo.