miércoles, 7 de octubre de 2015

Capítulo Uno

Era una noche oscura y lluviosa, los relámpagos dibujaban y desdibujaban las estructuras de los edificios que Bruce observaba por la ventana. Entre ellos destacaba ostentosamente el Space Shuttle. Era hora de ir a trabajar, aunque Bruce estuviera cansado y somnoliento sabía perfectamente que debía cumplir con su deber , o así le gustaba llamarlo para sentirse mejor consigo mismo.Ya se había colocado su traje negro y sus guantes de cuero. Ahora solo debía esperar la llamada, esa llamada que tanto había causado, esa llamada que nunca faltaba. Se repeinó su pelo moreno en una sencilla coleta sobre la que colocó una redecilla para ajustar mejor una peluca rubia que le llagaba a los hombros, mientras lo hacía, el sonido del móvil se unió al repiqueteo del cristal, pero Bruce seguía colocando la peluca cuidadosamente para que ésta no pareciera ajena a su cabeza. Al terminar cogió al móvil y escuchó las palabras: -Broad Street, 12. El desconocido colgó y Bruce se encaminó al vestidor, de donde cogió un paraguas, un maletín y una cinta de cuero (la cual se ajustó al tobillo). Abrió el maletín, sacó unas lentillas de sus respectivos tubos y se las colocó. Al alzar la vista, sus ojos eran completamente negros, no había ni rastro de aquellos ojos azules, fríos y calculadores, también sacó una máscara blanca, con bordes negros y una lágrima roja bajo el ojo izquierdo. De los últimos compartimentos del maletín sacó una navaja que guardó en la tira del tobillo y una pistola a la cual colocó un silenciador y guardó bajo su chaqueta, volvió a cerrar el maletín y salió por la puerta principal con el paraguas en una mano y el maletín en la otra. Al subir al ascensor se vio reflejado en el espejo, era un hombre musculoso y alto, pero no demasiado como para llamar la atención(sin contar el hecho de que llevaba una extraña máscara). Mientras miraba su reflejo, metió la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar dos pequeños tubos de cristal, uno contenía sangre, y el otro unas pequeñas hebras que parecían pelo, de una tonalidad cobriza, tras comprobar que todo estaba en orden, volvió a guardar los recipientes en su bolsillo, justo en el momento en el que sonaba el timbre que indicaba que había llegado al vestíbulo. Salió con suficiente prisa como para estar en la calle antes de que las puertas del ascensor terminaran de abrirse. Bruce sabía que era peligroso, y por ello debía terminar cuanto antes. Subió a su coche: un Citroën negro, que estaba aparcado en la puerta, dio el contacto y aceleró rumbo a Broad Street. Debido al mal tiempo no había casi transeúntes, y los que había iban demasiado concentrados en no mojar sus abrigos de piel o sus chaquetas de marca, atados a sus pertenencias, valorándolas más que a sí mismos; Bruce iba tan concentrado en sus ideas que se sorprendió al haber llegado ya a su destino. Bajó del coche mientras desplegaba su paraguas  y contempló el edificio número 12 de Broad Street, se acercó al buzón y lo rozó con una de las ganzúas que llevaba. Solo había una tarjeta blanca con una lágrima roja, Bruce la cogió y la giró para ver al mensaje: “colección, P, 38 años” Los músculos de Bruce se tensaron, cerró el buzón de un golpe y acto seguido empezó a andar por el camino de grava hacia la casa, sacó su pistola, disparó a la cerradura y pateó la puerta para abrirla de par en par. Reinaba un silencio sepulcral en la gran vivienda y Bruce se adentró de lleno en ella soltando el paraguas al entrar. Se encaminaba con paso firme, pero calmado. Ya había estado en casas como esa y conocía su distribución a la perfección. Se dirigió al segundo piso; allí había varias rendijas de luz, bajo lo que recordaba que era la puerta del baño y de la habitación principal. El silencio se rompió cuando alguien tras la primera puerta tiró de la cadena y abrió el grifo. Bruce se pegó a la pared para no ser descubierto aún. De pronto, se abrió la puerta del dormitorio, de donde salía un hombre de mediana edad con una escopeta con la que apuntaba directamente a Bruce  mientras gritaba algo en Francés que el intruso no entendió dado su escaso dominio sobre esa lengua. La puerta del baño se abrió entonces, lo que Bruce usó como cobertura y preparó su pistola. El francés disparó pero los perdigones dieron en la puerta y se escuchó un grito femenino proveniente del baño. bruce empezó a pensar que todo iba demasiado rápido y aunque sabía que sería arriesgado, dejó la pistola en el suelo y le dio una patada de forma que el francés lo viera. Este dijo algo para que la mujer saliera del baño y recogiera el arma, ella le hizo caso y Bruce aprovechó el momento para agarrarla y usarla de escudo humano colocándole su navaja en el cuello. Tanto la mujer como el hombre gritaban, Bruce solo entendía algunas palabras sueltas y comenzó a alejarse escaleras abajo con la espalda de la mujer pegada a su pecho, estaba fría y sudorosa. Bruce le arrancó la pistola de la mano y le dio un culetazo en la cabeza dejándola inconsciente. Le dejó tendida en el centro del salón y aguardó a que el hombre llegara corriendo en busca de su mujer al dejar de oírla, cuando este apareció se llevó un balazo en el tobillo por parte de Bruce, esto hizo que perdiera el equilibrio el arma cayera a los pies del enmascarado. El intruso desarmó la escopeta dejándola en tres piezas inservibles y la tiró al suelo. Frente al francés que se presionaba la herida mientras aullaba de dolor.
Bruce intentó comunicarse con él, pero la diferencia cultural era notable así que lo amordazó y esposó a la lámpara de araña con una cuerda lo suficientemente larga como para que este si se ponía de puntillas tocara el suelo, esposó a la mujer a la barandilla de la escalera para evitar una interrupción inoportuna. Se encaminó al sótano y abrió la puerta, en ese momento se apoderó de él un olor nauseabundo con el que le costó evitar el vómito. Se adentró en la habitación. A cada paso el olor era más insoportable y cuando sus ojos empezaron a habituarse a la penumbra pudo ver al fondo de la habitación a tres niños desnutridos y con los pies encadenados a la pared. Era una imagen desesperanzadora. Pero se volvió aún peor al acercarse y percibir solo el movimiento de uno de ellos, el más pequeño, el más indefenso en apariencia era el que más había sobrevivido. Disparó al grillete y lo liberó.
Lo recogió y mientras él perdía y recuperaba a consciencia a intervalos regulares. Bruce, fotografió el lugar aún furioso. Resaltando el escenario que reflejaba las acciones de aquel extraño con el flash.
Nadie sospechaba de los burgueses de aquel barrio rico puesto que la policía solo se centraba en los barrios marginales y los que pasaban por aquí solo lo hacían para recibir sobornos o visitar las fiestas de sus acaudalados “amigos”, en fin, Bruce solía divagar sobre ese tipo de cosas.
El enmascarado llevó al niño a la planta baja y lo dejó tumbado con cuidado sobre el sofá del salón y se giró a mirar al hombre con sus lentillas, que simulaban una oquedad en sus ojos. Este parecía aterrado.
-Como debe ser-pensó Bruce justo antes de dirigirse de nuevo al sótano para agrupar distintas herramientas metálicas que había sobre una tabla de madera ensangrentada. Necesitaba ajusticiar a los otros niños que yacían sin vida en un rincón oscuro.
Subió de nuevo y cortó la cinta elástica del pantalón del pijama del hombre para así dejarlo desnudo. Su cara estaba bañada en una mezcla de sudor y lágrimas. Estaba desesperado, y esto despertaba la compasión de Bruce, pero se giraba para ver al niño; sus greñas de un color rubio muy apagado por la suciedad le tapaban la cara aunque en el resto de su pálido cuerpo se le notaban los huesos. Había pasado un infierno a sus trece años.
Bruce había logrado salvar a un ser tan frágil pero aquel monstruo no había tenido compasión alguna y así consiguió paliar Bruce su impulso compasivo y asió con fuerza una hoz con la que le cortó de un tajo su hombría, por lo que llenó su brazo de sangre aunque eso le daba igual. Su víctima comenzó a patalear, pero él se alejó y dejó caer la hoz, sacó los botes donde tenía la sangre y el pelo y vertió su contenido sobre la alfombra.
Al día siguiente Bruce se despertó con el sonido de la televisión en su propio sofá, al levantarse bostezó mientras estiraba los brazos. Al fijarse en la tele se dio cuenta de que estaban hablando del número 12 de Broad Street, en la puerta blanca forzada había una frase escrita con sangre, decía: “Fear the tear”.
Le reportera preguntaba la identidad de aquel asesino en serie que mataba de formas tan grotescas todas las noches. La víctima había sido descubierta colgada por las manos del techo de su propio salón con distintas mutilaciones que les habían prohibido mostrar debido a la atrocidad de las imágenes. También habían encontrado los cadáveres de dos niños en el sótano y la posibilidad de que hubiera un tercero, pero este último no se había encontrado.
Bruce se dirigía a la cocina pero escuchó un golpe en su habitación y se apresuró hacia allí para descubrir que el origen del golpe residía en el niño, que al parecer se había intentado levantar pero había vuelto a caerse al suelo. El anfitrión lo cogió en brazos y lo llevó a la cocina para prepararle algo de comer y ponerle un paño mojado en la frente. Si lograba salvarlo podría adiestrarlo y tener así su propio “Robin” (pero sin el rollo gay), pero antes de pensar en eso debía salvarlo.


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