Era una noche oscura y lluviosa, los relámpagos dibujaban y
desdibujaban las estructuras de los edificios que Bruce observaba por la
ventana. Entre ellos destacaba ostentosamente el Space Shuttle. Era
hora de ir a trabajar, aunque Bruce estuviera cansado y somnoliento
sabía perfectamente que debía cumplir con su deber , o así le gustaba
llamarlo para sentirse mejor consigo mismo.Ya se había colocado su traje
negro y sus guantes de cuero. Ahora solo debía esperar la llamada, esa
llamada que tanto había causado, esa llamada que nunca faltaba. Se
repeinó su pelo moreno en una sencilla coleta sobre la que colocó una
redecilla para ajustar mejor una peluca rubia que le llagaba a los
hombros, mientras lo hacía, el sonido del móvil se unió al repiqueteo
del cristal, pero Bruce seguía colocando la peluca cuidadosamente para
que ésta no pareciera ajena a su cabeza. Al terminar cogió al móvil y
escuchó las palabras: -Broad Street, 12. El desconocido colgó y Bruce se
encaminó al vestidor, de donde cogió un paraguas, un maletín y una
cinta de cuero (la cual se ajustó al tobillo). Abrió el maletín, sacó
unas lentillas de sus respectivos tubos y se las colocó. Al alzar la
vista, sus ojos eran completamente negros, no había ni rastro de
aquellos ojos azules, fríos y calculadores, también sacó una máscara
blanca, con bordes negros y una lágrima roja bajo el ojo izquierdo. De
los últimos compartimentos del maletín sacó una navaja que guardó en la
tira del tobillo y una pistola a la cual colocó un silenciador y guardó
bajo su chaqueta, volvió a cerrar el maletín y salió por la puerta
principal con el paraguas en una mano y el maletín en la otra. Al subir
al ascensor se vio reflejado en el espejo, era un hombre musculoso y
alto, pero no demasiado como para llamar la atención(sin contar el hecho
de que llevaba una extraña máscara). Mientras miraba su reflejo, metió
la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar dos pequeños tubos de
cristal, uno contenía sangre, y el otro unas pequeñas hebras que
parecían pelo, de una tonalidad cobriza, tras comprobar que todo estaba
en orden, volvió a guardar los recipientes en su bolsillo, justo en el
momento en el que sonaba el timbre que indicaba que había llegado al
vestíbulo. Salió con suficiente prisa como para estar en la calle antes
de que las puertas del ascensor terminaran de abrirse. Bruce sabía que
era peligroso, y por ello debía terminar cuanto antes. Subió a su coche:
un Citroën negro, que estaba aparcado en la puerta, dio el contacto y
aceleró rumbo a Broad Street. Debido al mal tiempo no había casi
transeúntes, y los que había iban demasiado concentrados en no mojar sus
abrigos de piel o sus chaquetas de marca, atados a sus pertenencias,
valorándolas más que a sí mismos; Bruce iba tan concentrado en sus ideas
que se sorprendió al haber llegado ya a su destino. Bajó del coche
mientras desplegaba su paraguas y contempló el edificio número 12 de
Broad Street, se acercó al buzón y lo rozó con una de las ganzúas que
llevaba. Solo había una tarjeta blanca con una lágrima roja, Bruce la
cogió y la giró para ver al mensaje: “colección, P, 38 años” Los
músculos de Bruce se tensaron, cerró el buzón de un golpe y acto seguido
empezó a andar por el camino de grava hacia la casa, sacó su pistola,
disparó a la cerradura y pateó la puerta para abrirla de par en par.
Reinaba un silencio sepulcral en la gran vivienda y Bruce se adentró de
lleno en ella soltando el paraguas al entrar. Se encaminaba con paso
firme, pero calmado. Ya había estado en casas como esa y conocía su
distribución a la perfección. Se dirigió al segundo piso; allí había
varias rendijas de luz, bajo lo que recordaba que era la puerta del baño
y de la habitación principal. El silencio se rompió cuando alguien tras
la primera puerta tiró de la cadena y abrió el grifo. Bruce se pegó a
la pared para no ser descubierto aún. De pronto, se abrió la puerta del
dormitorio, de donde salía un hombre de mediana edad con una escopeta
con la que apuntaba directamente a Bruce mientras gritaba algo en
Francés que el intruso no entendió dado su escaso dominio sobre esa
lengua. La puerta del baño se abrió entonces, lo que Bruce usó como
cobertura y preparó su pistola. El francés disparó pero los perdigones
dieron en la puerta y se escuchó un grito femenino proveniente del baño.
bruce empezó a pensar que todo iba demasiado rápido y aunque sabía que
sería arriesgado, dejó la pistola en el suelo y le dio una patada de
forma que el francés lo viera. Este dijo algo para que la mujer saliera
del baño y recogiera el arma, ella le hizo caso y Bruce aprovechó el
momento para agarrarla y usarla de escudo humano colocándole su navaja
en el cuello. Tanto la mujer como el hombre gritaban, Bruce solo
entendía algunas palabras sueltas y comenzó a alejarse escaleras abajo
con la espalda de la mujer pegada a su pecho, estaba fría y sudorosa.
Bruce le arrancó la pistola de la mano y le dio un culetazo en la cabeza
dejándola inconsciente. Le dejó tendida en el centro del salón y
aguardó a que el hombre llegara corriendo en busca de su mujer al dejar
de oírla, cuando este apareció se llevó un balazo en el tobillo por
parte de Bruce, esto hizo que perdiera el equilibrio el arma cayera a
los pies del enmascarado. El intruso desarmó la escopeta dejándola en
tres piezas inservibles y la tiró al suelo. Frente al francés que se
presionaba la herida mientras aullaba de dolor.
Bruce intentó comunicarse con él, pero la diferencia cultural era
notable así que lo amordazó y esposó a la lámpara de araña con una
cuerda lo suficientemente larga como para que este si se ponía de
puntillas tocara el suelo, esposó a la mujer a la barandilla de la
escalera para evitar una interrupción inoportuna. Se encaminó al sótano y
abrió la puerta, en ese momento se apoderó de él un olor nauseabundo
con el que le costó evitar el vómito. Se adentró en la habitación. A
cada paso el olor era más insoportable y cuando sus ojos empezaron a
habituarse a la penumbra pudo ver al fondo de la habitación a tres niños
desnutridos y con los pies encadenados a la pared. Era una imagen
desesperanzadora. Pero se volvió aún peor al acercarse y percibir solo
el movimiento de uno de ellos, el más pequeño, el más indefenso en
apariencia era el que más había sobrevivido. Disparó al grillete y lo
liberó.
Lo
recogió y mientras él perdía y recuperaba a consciencia a intervalos
regulares. Bruce, fotografió el lugar aún furioso. Resaltando el
escenario que reflejaba las acciones de aquel extraño con el flash.
Nadie
sospechaba de los burgueses de aquel barrio rico puesto que la policía
solo se centraba en los barrios marginales y los que pasaban por aquí
solo lo hacían para recibir sobornos o visitar las fiestas de sus
acaudalados “amigos”, en fin, Bruce solía divagar sobre ese tipo de
cosas.
El
enmascarado llevó al niño a la planta baja y lo dejó tumbado con cuidado
sobre el sofá del salón y se giró a mirar al hombre con sus lentillas,
que simulaban una oquedad en sus ojos. Este parecía aterrado.
-Como
debe ser-pensó Bruce justo antes de dirigirse de nuevo al sótano para
agrupar distintas herramientas metálicas que había sobre una tabla de
madera ensangrentada. Necesitaba ajusticiar a los otros niños que yacían
sin vida en un rincón oscuro.
Subió
de nuevo y cortó la cinta elástica del pantalón del pijama del hombre
para así dejarlo desnudo. Su cara estaba bañada en una mezcla de sudor y
lágrimas. Estaba desesperado, y esto despertaba la compasión de Bruce,
pero se giraba para ver al niño; sus greñas de un color rubio muy
apagado por la suciedad le tapaban la cara aunque en el resto de su
pálido cuerpo se le notaban los huesos. Había pasado un infierno a sus
trece años.
Bruce
había logrado salvar a un ser tan frágil pero aquel monstruo no había
tenido compasión alguna y así consiguió paliar Bruce su impulso
compasivo y asió con fuerza una hoz con la que le cortó de un tajo su
hombría, por lo que llenó su brazo de sangre aunque eso le daba igual.
Su víctima comenzó a patalear, pero él se alejó y dejó caer la hoz, sacó
los botes donde tenía la sangre y el pelo y vertió su contenido sobre
la alfombra.
Al
día siguiente Bruce se despertó con el sonido de la televisión en su
propio sofá, al levantarse bostezó mientras estiraba los brazos. Al
fijarse en la tele se dio cuenta de que estaban hablando del número 12
de Broad Street, en la puerta blanca forzada había una frase escrita con
sangre, decía: “Fear the tear”.
Le
reportera preguntaba la identidad de aquel asesino en serie que mataba
de formas tan grotescas todas las noches. La víctima había sido
descubierta colgada por las manos del techo de su propio salón con
distintas mutilaciones que les habían prohibido mostrar debido a la
atrocidad de las imágenes. También habían encontrado los cadáveres de
dos niños en el sótano y la posibilidad de que hubiera un tercero, pero
este último no se había encontrado.
Bruce
se dirigía a la cocina pero escuchó un golpe en su habitación y se
apresuró hacia allí para descubrir que el origen del golpe residía en el
niño, que al parecer se había intentado levantar pero había vuelto a
caerse al suelo. El anfitrión lo cogió en brazos y lo llevó a la cocina
para prepararle algo de comer y ponerle un paño mojado en la frente. Si
lograba salvarlo podría adiestrarlo y tener así su propio “Robin” (pero
sin el rollo gay), pero antes de pensar en eso debía salvarlo.
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