Tic. Tac. Tic. Tac.
Las manecillas del desvencijado reloj que colgaba de aquella estúpida
pared no parecían cansarse de marcar aquellos compases. Aquel sonido,
otrora tranqulizador, ahora se le antojaba meramente estridente. Como si
con cada segundo que pasara se empeñara en bularse de él. Tic: Sigues
vivo. Tac:Yo decido cuánto tiempo. El tiempo parecía querer regodearse
en su victoria sobre él. Humillado, Bruce no quería hacer memoria del
desafortunado curso de los acontecimientos que le habían guiado a su
deplorable panorama. Se le antojaba demasiado irónico. El bucle se había
zanjado. Había ganado la justicia de lo absurdo. Allí, encerrado en
aquella habitación sin ventanas ese condenado tic tac era la única
medida de noción de tiempo disponible para Bruce. Lo amaba a la par que
lo odiaba. Atado contra la silla apenas podía hacer otra cosa que contar
el tiempo que pasaba entre comida y comida. Tic tac. Volvían a aparecer
aquellos extraños. Nunca era el mismo. Calculaba que habían pasado
alrededor de tres días. Pero también es cierto que empezaba a dudar de
sí mismo. Al fin y al cabo, ese tic tac estaba empezando a desquiciarlo
seriamente. Lo único que podía hacer además de contar los segundos era
pensar. Pensar y recordar la estúpida forma en la que había ido a parar
allí.
Los recuerdos se
arremolinaban sin rumbo claro en su mente. Involuntariamente rememoraba
una y mil veces el episodio. Al fin y al cabo, eran sus recuerdos más
recientes sobre ella. Aquella criatura inocente y socarrona junto a la cual había crecido.- Ay Alice, cuánto has cambiado. – murmuró
para sí. Parecía que hubieran pasado siglos desde la última vez que la
vio. Y ahí estaba ella, lista para las buenas noticias, para la buena
nueva de la traición. Abatido por la pena y la rabia, rememoró con
cierto sabor agridulce las inteligentes decisiones que le habían llevado
hasta su fantástica acomodación actual.
____________
Abandonó
estrepitosamente el lugar del “crimen”. Bruce era consciente del
terrible error que podía haber cometido. Se le fue la mano, perdió su
habitual frialdad, su sensatez. Al fin y al cabo, su labor no era la
justicia. ¿Cómo podía serlo, aún cuando aquellas sanguijuelas que
desmembraba pasaban primero por su cuchillo ejecutor? ¿Qué
justicia hay en la sangre, la tome quién la tome? Eran las mismas
reflexiones autocompasivas y tortuosas de siempre. Ya ni siquiera le
robaban el sueño. Ya no. Estas acudían simplemente cuando menos las
necesitaba, cuando más necesitaba de su preciosa sangre fría. Encendió
un cigarrillo para tratar de traerla de vuelta.
Esquivar a los
viandantes le estresaba aún más. En lugar de aparentar calma, quería
sacar su cuchillo y aniquilarlos a ellos también. Extinguir cada pulso,
extinguir hasta la última exhalación de todos aquellos que osaban
mirarlo con semejantes expresiones de horror. Cierto, no había sido muy
cuidadoso tampoco al final. Quizá aquellas misteriosas gotas de un
alarmante color rojo en el cuello de su camisa no eran precisamente las
más tranqulizadoras. Quizá debió tomar el control de sus nervios antes
de salir horrorizado por su propio placer durante la matanza.
Quizas….tantos quizás.
El chico
probablemente pondría la misma expresión alarmada. Quizás también haría
bien en asustarlo tanto como para que encuentre un lugar lejos de sí, un
sitio mejor, pero ojalá no peor que aquel del que procedía…¡no! No
podía permitirse esa clase de pensamientos. Sabía de sobra que el chico
estaba mejor con él. A pesar de todo. La solución estaba clara. Él debía
ser mejor. Él tenia que acabar con esa espiral de locura. Él tenia un
trabajo, una función social. Salvar chicos como Levon, o cómo aquel
pequeño que acababa de salvar de sabe Dios qué horrores. Sacudió la
cabeza. Exhaló una nueva bocanada de humo. Ahí estaba por fin, la
cordura que tanto necesitaba para lidiar con sus nuevos y posibles
problemas con la agencia. Ellos habían marcado un objetivo y unas
normas. Cumplir el objetivo no sirve de nada si pierdes la cabeza
entretanto. Les costaría mucho limpiar aquel estropicio. Fear the Tear
debía seguir siendo un símbolo. La lágrima no es impulsiva. La lágrima
imparte castigos hechos a medida. Este castigo se le fue ligeramente de
las manos.
Respiró hondo. Se
estaba aproximando hasta su portal. Necesitaba aquel paseo y aún no se
sabía preparado para vérselas con otro ser humano al que no tuviera que
desmembrar. El chico no debía verle así. Apuró su cigarrillo y lo arrojó
al suelo despreocupadamente. Introdujo la llave del portal. Debía
cambiarse de ropa, volver a ser el mismo hombre impoluto de emociones
impenetrables. Bajó al sótano del edificio dónde guardaba algunas
herramientas de trabajo (escopetas, dagas, alguna katana…) y también
ropa de recambio para emergencias. Aunque como ermitaño nunca había
necesitado de este tipo de escotillas, no le gustaba llevarse todo el
“trabajo” a casa. Le gustaba pensar en su piso como una fortaleza, un
rincón donde desprenderse de la lágrima, al menos tanto como eso fuera
posible. Y ahora había llevado a Levon allí. – ¿ y yo qué diablos voy a hacer con él?- pensó por decimoquinta vez.
Se armó de valor y
subió las escaleras hasta el piso. Se preguntó si el chicho estaría
bien, si se había alimentado con aquellas tristes sobras o si quizás
hubiera elegido marcharse para siempre. Inquieto, se encontró a sí mismo
nervioso, preocupado por otro. Era una sensación que había olvidado,
que había quedado enterrada tiempo atrás. En otro tiempo, en otra vida.
Pensó un segundo en
llamar a la puerta antes de entrar. Luego se maldijo a sí mismo por
ello, ¿llamar a la puerta de su propia casa? ¿en quién se estaba
convirtiendo? Puso los ojos en blanco tratando de recuperar cierta
calma.
Abrió la puerta con cautela, pero procurando hacer el suficiente ruido para anunciar su presencia.
Levon yacía dormido
plácidamente en el sofá. El ruido del televisor no parecía enturbiar su
sueño. Sonreía, quién sabe porqué. Bruce volvió a encontrarse a sí mismo
con aquellos extranjeros sentimientos de empatía hacía otro. Respiró
tranquilo y fue en busca de una manta para cobijarlo. Mientras volvía,
Levon comenzó a abrir los ojos.
- Perdona, te he
despertado -se disculpó.- ¿Quieres seguir durmiendo? Yo pensaba en pedir
algo para cenar, puedes seguir descansando mientras lo traen.- Aquellas
muestras de afecto espontáneo o preocupación le salieron a borbotones
por los labios, sin quiera pensarlo demasiado.
- No, no – contestó
Levon aún frotándose los ojos.- Estoy bien así.- contestó
apresuradamente el chico, casi como si se sintiera avergonzado por tener
ese tipo de necesidades biológicas básicas como comer o dormir. Bruce
sintió lástima por él. Empezaba a recordar porqué lo había traído hasta
casa.
- Eh, chico, tranquilo. No me mires así, no me supone ninguna molestía
ahora mismo. Te he traido hasta aquí para que estés a salvo. Sé que no
soy el mejor tutor del mundo pero…-se detuvo al ver la expresión
dubitativa en su rostro.-¿Ocurre algo?-preguntó ligeramente preocupado.
- Hay…..hay algo que
tengo que contarte.- Su amodorrada expresión se despejó del todo. Ahora
estaba decididamente nervioso. Vio como se retorcía las manos tratando
de encontrar las palabras para ello.
- ¿Qué ocurre? –
inquirió Bruce, tratando de parecer tranquilo, aunque con un mal
presentimiento sobre aquello que quisiera decirle.
- Ha…ha llegado algo,
un sobre….no sé qué es, no..no me he sentido con derecho a abrirlo.
Alguien lo echó por debajo de la puerta. Yo…yo no tuve el valor de
asomarme a ver quién era. Lo siento – se disculpó medio tartamudeando
por la presión.- Lo he dejado encima de la mesa de allí – dijo señalando
la cocina. Bruce se envaró enseguida. Permaneció mudo unos segundos
hasta que confundido se dirigió allí donde Levon señaló. Quería
averiguar que demonios pasaba.
El sobre parecía
estar en blanco, sin ninguna pista sobre su posible remitente. Lo único
destacable era el lacre carmesí que lo sellaba, probando que en efecto,
Levon no había intentado nada. Él chico de verdad parecía tener buenas
intenciones, o al menos, le temía aún lo suficiente como para evitar
provocarlo con cosas tan invasivas como atropellar su intimidad.
Lo observó con cierta
desconfianza antes de atreverse a abrirlo. La agencia no hace así las
cosas. Cada entrega acerca de cada objetivo es pactada previamente por
otros medios y de forma muy precisa. Nunca intervienen en su intimidad
tan atropelladamente. Nunca. Al menos hasta ahora.
Abrió el sobre
nervioso. Por muchas dudas que tuviera al respecto, necesitaba despejar
su incógnita. Con todo estaba más curioso que asustado. Nunca imaginó,
ni en sus peores pesadillas, su verdadero contenido. Era simple, muy
sencillo. Se trataba solamente de una simple foto.
En ella aparecía una
delicada muchacha de expresivos ojos azules y una corta melena cobriza.
Sonriente, feliz, abrazaba a un muchacho moreno, delgado y larguiducho,
igualmente dichoso. Un muchacho que ya no existia. Bruce se había
encargado de ello.
Pero no era cualquier foto. Era su foto. Era la foto de ella. Alice…
Le dio la vuelta con
la mano temblorosa. No sabía muy bien qué expresión tendría, pero Levon
se encogió asustado. Solo dos líneas adornaban el reverso de esta.
“En el muelle al anochecer.
Si no, puedes imaginar quién pagará las consecuencias”
Sus labios no habrían
podido articular sonido alguno ni aún habiéndoselo propuesto. Se quedó
paralizado, observando el infinito durante lo que a él le pareció una
eternidad, pero solo debieron ser unos segundos, porque Levon seguía
mirándolo exactamente con la misma expresión de temor.
Miró la hora. Maldita
sea. Estaba ya atardeciendo cuando apenas se dirigía a su casa. Su mente
se quedó en blanco. Tenía demasiado que pensar y muy poco tiempo para
asimilarlo. Alice no….ella no. No era posible que la hubieran
encontrado. Podía tratarse perfectamente de una trampa. Él la suponía a
salvo, eran las únicas condiciones que le había pedido a la
agencia…¿Entonces? ¿Habían fracasado? ¿Alguno de sus enemigos había
conseguido dar con su paradero? ¿Era este su castigo por la sangría que
había cometido horas antes?
- Levon, ¿Cúando
dices que llegó esto? – consiguió murmurar. Era una pregunta inútil.
Pero algo en su interior reclamaba por más información, aún cuando se
sabía incapaz de conseguirla.
- Hace unas
horas….- respondió Levon con un hilo de voz. El chico simplemente
parecía confundido, como fuera de lugar. Su cara era un poema,
claramente quería salir corriendo de allí, como si supiera culpable de
todo aquello que estaba ocurriendo sin que él si quiera lo entendiera
¿Cómo iba a estar si no? Bruce era el loco psicopáta con cambios de
humor, él era un mero refugiado.
- ¿Cuántas? –
insistió algo más alterado. Seguía sin saber porqué insistir ello, pero
había desconectado hacía la rato la máquina de su razón.
Levon no supo responder.
Bruce pegó un puñetazo contra la encimera, furioso, frustado.
Necesitaba saber quién había encontrado esa foto y porqué la querían
utilizar en su contra. Nadie conocía de su existencia, solo la agencia.
¿Qué más daba que fuera una trampa? No podía permitir ni el mínimo
espacio a la duda sobre su seguridad. A partir del momento en qué tomó
está decisión, su cuerpo comenzó a moverse de forma automática. Su mente
podía estar tan angustiada como quisiera, pero era momento de actuar.
Tenía que acudir a esa cita inesperada e inminente, aunque fuera para
averiguar qué estaba pasando.
Dejó reposar la foto
allí donde la había encontrado, sin apenas darse cuenta. Se dirigió
rápidamente a la entrada. Cogió su chaqueta de cuero y se la colocó
apresuradamente. Desapareció tras la puerta como una exhalación, sin
siquiera dar cuenta de si había la cerrado o no. No podía preocuparse
ahora de la penosa impresión que esto hubiera dejado en Levon. No tenía
tiempo que perder en discurrideros inútiles.
Corrió. Corrió hasta que
le ardieron los pulmones y dejó de sentir sus músculos. El muelle no
estaba lejos. Era uno de sus sitios favoritos, o ahora podría decir que
lo fue. Tan solo podía pensar en seguir avanzando. Miraba de reojo con
pavor cómo el sol iba cayendo por el horizonte. Cada centímetro menos
que observaba era un impulso extra que imprimía a sus piernas. Llegó al
muelle. No parecía haber nada fuera de lugar salvo una silueta femenina
recortada al fondo de este. Confundido y tenso, se aproximó hasta ella.
Desde aquella distancia no podía distinguir gran cosa. Únicamente veía
su larga melena azabache removida por el viento.
Intrigado, agotado, y
sobretodo furioso, se acercó con paso firme hacia la figura desconocida.
No se giró hasta que no estuvo a tres pasos de distancia.
- Hola Bruce – sonrió la
desconocida. Parecía contenta de verlo. Parecía saber muy bien quién era
él. Sus rasgos le resultaban conocidos, familiares, no terminaba de
ubicarlos. Trató de hacer memoria…la miró a los ojos. A unos ojos
pertubadoramente conocidos y azules.
Bruce se quedó sin aliento.
Conocía muy aquellos ojos azules, gélidos. Ya no había amor en ellos. Su sonrisa no era de alegría. Era un regocijo siniestro.
Alice.
Ella le había tendido “la trampa”.
Ella estaba detrás de aquel sin sentido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario