miércoles, 7 de octubre de 2015

Capítulo Cuatro

Tic. Tac. Tic. Tac. Las manecillas del desvencijado reloj que colgaba de aquella estúpida pared no parecían cansarse de marcar aquellos compases. Aquel sonido, otrora tranqulizador, ahora se le antojaba meramente estridente. Como si con cada segundo que pasara se empeñara en bularse de él. Tic: Sigues vivo. Tac:Yo decido cuánto tiempo. El tiempo parecía querer regodearse en su victoria sobre él. Humillado, Bruce no quería hacer memoria del desafortunado curso de los acontecimientos que le habían guiado a su deplorable panorama. Se le antojaba demasiado irónico. El bucle se había zanjado. Había ganado la justicia de lo absurdo. Allí, encerrado en aquella habitación sin ventanas ese condenado tic tac era la única medida de noción de tiempo disponible para Bruce. Lo amaba a la par que lo odiaba. Atado contra la silla apenas podía hacer otra cosa que contar el tiempo que pasaba entre comida y comida. Tic tac. Volvían a aparecer aquellos extraños. Nunca era el mismo. Calculaba que habían pasado alrededor de tres días. Pero también es cierto que empezaba a dudar de sí mismo. Al fin y al cabo, ese tic tac estaba empezando a desquiciarlo seriamente. Lo único que podía hacer además de contar los segundos era pensar. Pensar y recordar la estúpida forma en la que había ido a parar allí.
Los recuerdos se arremolinaban sin rumbo claro en su mente. Involuntariamente rememoraba una y mil veces el episodio. Al fin y al cabo, eran sus recuerdos más recientes sobre ella. Aquella criatura inocente y socarrona junto a la cual había crecido.- Ay Alice, cuánto has cambiado. – murmuró para sí.  Parecía que hubieran pasado siglos desde la última vez que la vio. Y ahí estaba ella, lista para las buenas noticias,  para la buena nueva de la traición.  Abatido por la pena y la rabia, rememoró con cierto sabor agridulce las inteligentes decisiones que le habían llevado hasta su fantástica acomodación actual.
____________

Abandonó estrepitosamente el lugar del “crimen”. Bruce era consciente del terrible error que podía haber cometido. Se le fue la mano, perdió su habitual frialdad, su sensatez. Al fin y al cabo, su labor no era la justicia. ¿Cómo podía serlo, aún cuando aquellas sanguijuelas que desmembraba pasaban primero por su cuchillo ejecutor? ¿Qué justicia hay en la sangre, la tome quién la tome? Eran las mismas reflexiones autocompasivas y tortuosas de siempre. Ya ni siquiera le robaban el sueño. Ya no. Estas acudían simplemente cuando menos las necesitaba, cuando más necesitaba de su preciosa sangre fría. Encendió un cigarrillo para tratar de traerla de vuelta.
Esquivar a los viandantes le estresaba aún más. En lugar de aparentar calma, quería sacar su cuchillo y aniquilarlos a ellos también. Extinguir cada pulso, extinguir hasta la última exhalación de todos aquellos que osaban mirarlo con semejantes expresiones de horror. Cierto, no había sido muy cuidadoso tampoco al final. Quizá aquellas misteriosas gotas de un alarmante color rojo en el cuello de su camisa no eran precisamente las más tranqulizadoras. Quizá debió tomar el control de sus nervios antes de salir horrorizado por su propio placer durante la matanza. Quizas….tantos quizás.
El chico probablemente pondría la misma expresión alarmada. Quizás también haría bien en asustarlo tanto como para que encuentre un lugar lejos de sí, un sitio mejor, pero ojalá no peor que aquel del que procedía…¡no! No podía permitirse esa clase de pensamientos. Sabía de sobra que el chico estaba mejor con él. A pesar de todo. La solución estaba clara. Él debía ser mejor. Él tenia que acabar con esa espiral de locura. Él tenia un trabajo, una función social. Salvar chicos como Levon, o cómo aquel pequeño que acababa de salvar de sabe Dios qué horrores. Sacudió la cabeza. Exhaló una nueva bocanada de humo. Ahí estaba por fin, la cordura que tanto necesitaba para lidiar con sus nuevos y posibles problemas con la agencia. Ellos habían marcado un objetivo y unas normas. Cumplir el objetivo no sirve de nada si pierdes la cabeza entretanto. Les costaría mucho limpiar aquel estropicio. Fear the Tear debía seguir siendo un símbolo. La lágrima no es impulsiva. La lágrima imparte castigos hechos a medida. Este castigo se le fue ligeramente de las manos.
Respiró hondo. Se estaba aproximando hasta su portal. Necesitaba aquel paseo y aún no se sabía preparado para vérselas con otro ser humano al que no tuviera que desmembrar. El chico no debía verle así. Apuró su cigarrillo y lo arrojó al suelo despreocupadamente. Introdujo la llave del portal. Debía cambiarse de ropa, volver a ser el mismo hombre impoluto de emociones impenetrables. Bajó al sótano del edificio dónde guardaba algunas herramientas de trabajo (escopetas, dagas, alguna katana…) y también ropa de recambio para emergencias. Aunque como ermitaño nunca había necesitado de este tipo de escotillas, no le gustaba llevarse todo el “trabajo” a casa. Le gustaba pensar en su piso como una fortaleza, un rincón donde desprenderse de la lágrima, al menos tanto como eso fuera posible. Y ahora había llevado a Levon allí. – ¿ y yo qué diablos voy a hacer con él?- pensó por decimoquinta vez.
Se armó de valor y subió las escaleras hasta el piso. Se preguntó si el chicho estaría bien, si se había alimentado con aquellas tristes sobras o si quizás hubiera elegido marcharse para siempre. Inquieto, se encontró a sí mismo nervioso, preocupado por otro. Era una sensación que había olvidado, que había quedado enterrada tiempo atrás. En otro tiempo, en otra vida.
Pensó un segundo en llamar a la puerta antes de entrar. Luego se maldijo a sí mismo por ello, ¿llamar a la puerta de su propia casa? ¿en quién se estaba convirtiendo? Puso los ojos en blanco tratando de recuperar cierta calma.
Abrió la puerta con cautela, pero procurando hacer el suficiente ruido para anunciar su presencia.
Levon yacía dormido plácidamente en el sofá. El ruido del televisor no parecía enturbiar su sueño. Sonreía, quién sabe porqué. Bruce volvió a encontrarse a sí mismo con aquellos extranjeros sentimientos de empatía hacía otro. Respiró tranquilo y fue en busca de una manta para cobijarlo. Mientras volvía, Levon comenzó a abrir los ojos.
   - Perdona, te he despertado -se disculpó.- ¿Quieres seguir durmiendo? Yo pensaba en pedir algo para cenar, puedes seguir descansando mientras lo traen.- Aquellas muestras de afecto espontáneo o preocupación le salieron a borbotones por los labios, sin quiera pensarlo demasiado. 
   - No, no – contestó Levon aún frotándose los ojos.- Estoy bien así.-  contestó apresuradamente el chico, casi como si se sintiera avergonzado por tener ese tipo de necesidades biológicas básicas como comer o dormir. Bruce sintió lástima por él. Empezaba a recordar porqué lo había traído hasta casa.
 
  - Eh, chico, tranquilo. No me mires así, no me supone ninguna molestía ahora mismo. Te he traido hasta aquí para que estés a salvo. Sé que no soy el mejor tutor del mundo pero…-se detuvo al ver la expresión dubitativa en su rostro.-¿Ocurre algo?-preguntó ligeramente preocupado. 
  - Hay…..hay algo que tengo que contarte.- Su amodorrada expresión se despejó del todo. Ahora estaba decididamente nervioso. Vio como se retorcía las manos tratando de encontrar las palabras para ello. 
  - ¿Qué ocurre? – inquirió Bruce, tratando de parecer tranquilo, aunque con un mal presentimiento sobre aquello que quisiera decirle.  
  - Ha…ha llegado algo, un sobre….no sé qué es, no..no me he sentido con derecho a abrirlo. Alguien lo echó por debajo de la puerta. Yo…yo no tuve el valor de asomarme a ver quién era. Lo siento – se disculpó medio tartamudeando por la presión.- Lo he dejado encima de la mesa de allí – dijo señalando la cocina. Bruce se envaró enseguida. Permaneció mudo unos segundos hasta que confundido se dirigió allí donde Levon señaló. Quería averiguar que demonios pasaba.


El sobre parecía estar en blanco, sin ninguna pista sobre su posible remitente. Lo único destacable era el lacre carmesí que lo sellaba, probando que en efecto, Levon no había intentado nada. Él chico de verdad parecía tener buenas intenciones, o al menos, le temía aún lo suficiente como para evitar provocarlo con cosas tan invasivas como atropellar su intimidad.
Lo observó con cierta desconfianza antes de atreverse a abrirlo. La agencia no hace así las cosas. Cada entrega acerca de cada objetivo es pactada previamente por otros medios y de forma muy precisa. Nunca intervienen en su intimidad tan atropelladamente. Nunca. Al menos hasta ahora.
Abrió el sobre nervioso. Por muchas dudas que tuviera al respecto, necesitaba despejar su incógnita. Con todo estaba más curioso que asustado. Nunca imaginó, ni en sus peores pesadillas, su verdadero contenido. Era simple, muy  sencillo.  Se trataba solamente de una simple foto.
En ella aparecía una delicada muchacha de expresivos ojos azules y una corta melena cobriza. Sonriente, feliz, abrazaba a un muchacho moreno, delgado y larguiducho, igualmente dichoso. Un muchacho que ya no existia. Bruce se había encargado de ello.
Pero no era cualquier foto. Era su foto. Era la foto de ella. Alice…
Le dio la vuelta con la mano temblorosa. No sabía muy bien qué expresión tendría, pero Levon se encogió asustado. Solo dos líneas adornaban el reverso de esta. 

En el muelle al anochecer.
Si no, puedes imaginar quién pagará las consecuencias”

Sus labios no habrían podido articular sonido alguno ni aún habiéndoselo propuesto. Se quedó paralizado, observando el infinito durante lo que a él le pareció una eternidad, pero solo debieron ser unos segundos, porque Levon seguía mirándolo exactamente con la misma expresión de temor.
Miró la hora. Maldita sea. Estaba ya atardeciendo cuando apenas se dirigía a su casa. Su mente se quedó en blanco. Tenía demasiado que pensar y muy poco tiempo para asimilarlo. Alice no….ella no. No era posible que la hubieran encontrado. Podía tratarse perfectamente de una trampa. Él la suponía a salvo, eran las únicas condiciones que le había pedido a la agencia…¿Entonces? ¿Habían fracasado? ¿Alguno de sus enemigos había conseguido dar con su paradero? ¿Era este su castigo por la sangría que había cometido horas antes? 

       -   Levon, ¿Cúando dices que llegó esto? – consiguió murmurar. Era una pregunta inútil. Pero algo en su interior reclamaba por más información, aún cuando se sabía incapaz de conseguirla.

       -   Hace unas horas….- respondió Levon con un hilo de voz. El chico simplemente parecía confundido, como fuera de lugar. Su cara era un poema, claramente quería salir corriendo de allí, como si supiera culpable de todo aquello que estaba ocurriendo sin que él si quiera lo entendiera  ¿Cómo iba a estar si no? Bruce era el loco psicopáta con cambios de humor, él era un mero refugiado.

     -    ¿Cuántas? – insistió algo más alterado. Seguía sin saber porqué insistir ello, pero había desconectado hacía la rato la máquina de su razón.

Levon no supo responder. Bruce pegó un puñetazo contra la encimera, furioso, frustado. Necesitaba saber quién había encontrado esa foto y porqué la querían utilizar en su contra. Nadie conocía de su existencia, solo la agencia.  ¿Qué más daba que fuera una trampa? No podía permitir ni el mínimo espacio a la duda sobre su seguridad. A partir del momento en qué tomó está decisión, su cuerpo comenzó a moverse de forma automática. Su mente podía estar tan angustiada como quisiera, pero era momento de actuar. Tenía que acudir a esa cita inesperada e inminente, aunque fuera para averiguar qué estaba pasando.
Dejó reposar la foto allí donde la había encontrado, sin apenas darse cuenta. Se dirigió rápidamente a la entrada. Cogió su chaqueta de cuero y se la colocó apresuradamente. Desapareció tras la puerta como una exhalación, sin siquiera dar cuenta de si había la cerrado o no. No podía preocuparse ahora de la penosa impresión que esto hubiera dejado en Levon. No tenía tiempo que perder en discurrideros inútiles.
Corrió. Corrió hasta que le ardieron los pulmones y dejó de sentir sus músculos. El muelle no estaba lejos. Era uno de sus sitios favoritos, o ahora podría decir que lo fue. Tan solo podía pensar en seguir avanzando. Miraba de reojo con pavor cómo el sol iba cayendo por el horizonte. Cada centímetro menos que observaba era un impulso extra que imprimía a sus piernas. Llegó al muelle. No parecía haber nada fuera de lugar salvo una silueta femenina recortada al fondo de este. Confundido y tenso, se aproximó hasta ella.  Desde aquella distancia no podía distinguir gran cosa. Únicamente veía su larga melena azabache removida por el viento.
Intrigado, agotado, y sobretodo furioso, se acercó con paso firme hacia la figura desconocida. No se giró hasta que no estuvo a tres pasos de distancia.

   - Hola Bruce – sonrió la desconocida. Parecía contenta de verlo. Parecía saber muy bien quién era él. Sus rasgos le resultaban conocidos, familiares, no terminaba de ubicarlos. Trató de hacer memoria…la miró a los ojos. A unos ojos pertubadoramente conocidos y azules. 

Bruce se quedó sin aliento.

Conocía muy aquellos ojos azules, gélidos. Ya no había amor en ellos. Su sonrisa no era de alegría. Era un regocijo siniestro.

Alice. 

Ella le había tendido “la trampa”.
Ella estaba detrás de aquel sin sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario