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miércoles, 7 de octubre de 2015

Capítulo Dos

Terminaron las noticias de la mañana, tenía que irse a trabajar pronto, ese mes ya había faltado varios días para ocultar heridas graves y no podía permitirse más ausencias si quería conservar su puesto. El chaval todavía seguía durmiendo en el sofá, se había llegado a plantear llevarlo al hospital, pero, ¿qué iba a decir cuando le preguntasen por lo ocurrido? Era demasiado sospechoso y más cuando los hechos ya eran más que conocidos. Al final lo único que se le ocurrió fue dejar una llamativa nota:
“Hay comida en la encimera, si quieres más sírvete de la nevera, estás en tu casa.
PD: no cojas las cervezas.
PD2: si ocurre algo llama al ********”

No podía haber quedado peor, pero no había tiempo.
Salió por la puerta y casi se le olvido cerrar, la falta de descanso estaba afectando demasiado a su vida. Entró en el coche y arrancó, se le había olvidado coger la cartera, pero ya llegaba tarde, no tenía tiempo. Últimamente no tenía tiempo de nada, ya no salía, no descansaba, no hablaba con nadie, no dormía… Sí, en ese momento le aseguraron que su vida cambiaría para siempre, sin embargo su vida simplemente acabó allí, en ese momento.
Se vio obligado a coger un par de desvíos para evitar el típico atasco de hora punta, cuando llegó a la oficina ni siquiera se molesto en pedir disculpas. Fue directo a su despacho, donde empezó a revisar todo el papeleo que se había acumulado en el escritorio. A pesar de poner toda su energía en ello, no podía concentrarse, la atroz escena que había provocado la noche anterior lo perseguía. Estaba claro que ese repugnante ser se lo merecía, incluso podría haber sido peor, pero no era esa la cuestión.

¿Quién era él para juzgar e impartir el castigo? Nadie, no era nadie. Bueno si, era un asesino. Igual que lo eran sus víctimas, de hecho alguna de ellas ni siquiera lo fue directamente. ¿Hasta qué punto podía llamarse a aquello justicia? Bruce no lo sabía y cada vez le era más difícil encontrar una escusa para su situación que su propia consciencia no pudiese rebatir. Pero en fin, ya no merecía la pena preocuparse por ese tipo de cosas, ya no había vuelta atrás y aunque la hubiese, la mente de Bruce estaba tan saturada que no podría encontrarla. Al fin consiguió concentrarse y acabar el trabajo, si se iba pronto podría ver al niño que, con un poco de suerte, ya estaría despierto.
A las siete de la tarde el sicario llegó a su casa, tan silenciosa como siempre. Cruzó el pasillo alerta (últimamente siempre lo estaba) y entró al salón, el escuálido niño que había traído la noche anterior lo observaba desde el sofá. A pesar de que seguía demacrado y sucio su expresión había cambiado, ahora al menos parecía estar vivo.
-¿Comiste?
– Si, gracias.
Parecía que el niño no era muy hablador, no era de extrañar después de todo. Para Bruce fue un alivio, él tampoco era de conversaciones muy largas, al menos ya no. Tardo un rato en darse cuenta de que no se había presentado.
-Soy Bruce, puedes quedarte aquí si quieres.
Otro silencio incomodo, estaba claro que no le inspiraba mucha confianza.
-Levon. –Pasaron unos segundos hasta que siguió, su voz temblaba- no tengo ningún otro sitio a donde ir.
-Bien, no te preocupes. ¿Tienes hambre? Haré la cena.
El mayor no esperó repuesta y fue a la cocina, abro la nevera. Un par de cervezas y unos yogures caducados. Parece que esa noche volvería a cenar comida india. Cuando llegó la comida se sentó con el chico y cenaron mientras veían la tele, repetían la noticia de la masacre anterior una y otra vez en todos los noticieros, la atmósfera se volvió tan tensa que ambos respiraban lo menos posible. Por primera vez, Bruce se alegró al oír el teléfono, corrió a descolgarlo, le dieron una nueva dirección.
-Perdona, tengo que irme. Si necesitas algo…
-Lo sé, te llamo.
-Exacto.
La verdad es que ni uno tenía la intención de llamar aunque ocurriese algo, ni el otro tenía la intención de coger el teléfono si sonaba. Esta vez, Bruce no se vistió en casa sino que cogió el disfraz y las armas rápidamente y lo preparó todo en el ascensor. Por alguna razón prefería evitar que Levon lo viese, aunque estaba seguro de que ya lo sabía, no tenía cara de tonto.
Como la noche anterior, fue al coche todo tan rápido y sigiloso como le fue posible, cualquiera hubiese dicho que era solo una sombra, conocía el lugar a la perfección, ya había habido otras víctimas allí, un nido de buitres arrogantes y descuidados. En la puerta del número 76, una mansión que brillaba incluso en la profundidad de la noche, encontró la ya típica tarjeta: Colección E, 29 años.
-Vaya, un estafador tan joven, es una pena que a los niños ricos no les avisen de que a los ladrones les cortan las manos…
Bruce entró como un espectro en la casa, cuando encontró la habitación de su víctima ni siquiera se sorprendió, el hombre estaba sentado frente al ordenador, probablemente estafando el dinero que no tenían a una familia humilde. No oyó llegar al asesino, sus grandes auriculares le aislaban totalmente de la realidad, el muy arrogante ni siquiera esperaba las consecuencias de sus delitos, esa arrogancia lo mataría, esa arrogancia lo mató. El enmascarado reconocía aquella escena, no podía culparlo, él había nacido así, seguramente desde niño vio como su millonario padre trataba al mundo como si hubiera sido creado para servirle, probablemente lo vio despreciar todo lo que, a su parecer, era inferior. Así, aquel hombre había crecido sin preocupaciones, sin respeto y sin moral, así, aquel hombre habría matado de hambre, sin quererlo, a muchos otros.
Se le acercó por la espalda y antes de que el estafador se diera cuenta, con un sutil y silencioso movimiento, Bruce lo dejó sin sentido. Cuando despertó, al ladrón ya le habían sido arrebatadas sus manos. En aquella misma habitación el nuevo asesino en serie le había arrebatado sus corruptas garras, ahora sus extremidades superiores acababan en una espantosa y sangrienta herida. Al ver la sangre, antes de sentir siquiera dolor o darse cuenta de la situación, intentó gritar, los ojos casi se le salieron de las orbitas y su cara mostraba un horror que no se puede expresar con palabras. Se fijó en que lo observaban, unas cuencas vacías y una máscara blanca, manchada de sangre, suplicó por su vida, todavía se creía con posibilidades de sobrevivir.
Bruce se quedo mirándole hasta que finalmente su víctima dejó de retorcerse y sus ojos se apagaron, ya no quedaba ningún tipo de remordimiento en su mente, cada vez que veía a uno de esos cerdos creía entender el por qué de su misión. Recogió los instrumentos, dejó su habitual mensaje y se fue por la puerta. Así deberían ser todos sus encargos, sin gritos ni interrupciones.
Ya en el coche y tras haber conducido un rato, se paró y se encendió un cigarro, el año pasado había prometido dejarlo, pero solo fue otra mentira más. De repente sonó el móvil, un mensaje. Cuando lo vio no se lo creía, era otra dirección, nunca había tenido que matar a dos personas en la misma noche.  Además aquella calle la conocía, pero no porque estuviera llena de ricachones corruptos, se encontraba en el barrio donde él mismo se había criado. Allí prácticamente solo había familias de clase media con más o menos comodidades, pero nada fuera de lo normal.
Estuvo un buen rato pensando hasta que se decidió a ir, al fin y al cabo, no tenía otra opción. Se preguntó una y mil veces a quien tendría que matar y por qué sería tan urgente. Llegó y se encontró con que todavía la casa no estaba dormida, un hombre blanco, de mediana edad y con una terrible expresión de cansancio salió de un coche aparcado a la entrada y se dirigió a la puerta. Bruce vio una oportunidad para no tener que forzar la cerradura así pues lo siguió con el máximo sigilo y en cuanto entró interpuso su mano para que la puerta no se cerrase. Esta vez la tarjeta era diferente, además, estaba escrita a mano, estaba claro que algo no encajaba, solo estaba la descripción de la víctima, ninguna pista sobre el delito. Esperó unos minutos antes de entrar. Se veía la luz que provenía de una de las estancias de la casa, probablemente el salón, el intruso podía oír como su objetivo, el hombre que había visto llegar, y la que suponía su esposa hablaban de sus deudas, del cansancio, mencionaron también a su hijo, había sacado la máxima nota en un examen del colegio.
Bruce seguía sin entender nada, por qué habría de matar a aquel hombre, se veía a la legua que era un tipo normal, tenia familia y… ¿A caso el resto de sus víctimas no tenían también una familia? ¿Por qué iba a ser este un caso distinto? Pero… parecía tan buena persona, no podía ser, sea lo que sea que hubiese hecho tenía que tener una justificación. ¿La habrían tenido el reto de asesinados? Porque en el resto de casos había incluso disfrutado de ver morir los criminales, se había vuelto frio y cada vez le importaba menos ver agonizar a los arrogantes insectos que envenenaban la sociedad con sus millones de dólares. Y sin embargo, esto era distinto, se resistía a creer en un motivo válido para matar a ese pobre trabajador.
Su mente estaba hecha un lio de pensamientos y cuando se quiso dar cuenta llevaba demasiado tiempo allí, tenía que decidir, irse o cumplir el trabajo, si esperaba más lo descubrirían y ya no tendría opción. Decidió marcharse, pero entonces alguien apareció por el pasillo, era un niño, de unos diez años, frotándose los ojos con los puños y vestido con un pijama multicolor.